Prácticas Indecibles

¿Existe el sexo?

Soy sincero, no soy un conocedor del sexo tántrico. En cuanto al masaje sensual: ¿se soba o se palmea?

Me habían pedido una crónica sobre la prostitución en México para la revista Nexos. Marta Lamas, promotora de la idea editorial, me mandó documentos y un libro con números, o documentos con números y un libro, no sé. Soy pésimo para los números; es más, pasan los años y si se trata de explicar asuntos de la vida diaria, de la intimidad, de la emoción, los encuentro cada vez más engañosos y erráticos en aquello que nos vuelve únicos: la individualidad. Me acordé del epígrafe de Celine que Sartre puso en La Náusea: "un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo". Machado decía que no encontraba una forma de sumar individualidades. Una noche leí durante varias horas papeles, crónicas de la prostitución que me había entregado Marta en espera de mi crónica. El escritor estadunidense John Updike decía que la ambigüedad es la fibra última de la literatura. Creo que no solo de la literatura, me he persuadido con el tiempo de que el doble sentido rige la vida, incluyendo a la política, y que ninguna calle es de un solo sentido, aunque los militantes consideren que hay sentidos únicos: vas o vienes. Ojalá así fuera este asunto.

En busca de esa ambigüedad, me di de alta en un sitio de amores azarosos, casas de citas electrónicas que arreglan encuentros furtivos con mujeres y hombres, si es el caso, para conocimientos íntimos y desaforados. El noble magisterio del periodismo me exigía una investigación de campo. Oigo comentarios  mordaces e incrédulos aquí y allá; no importa.

Se llama Ashley Madison y por una módica suma de dinero girada contra la tarjeta de crédito (se debe correr ese riesgo) usted forma parte del club que se compromete a informarle cada día de los nuevos miembros que ingresan. “Morgana. Edad: 43 años. Estatura: 1:72 cms. Peso: 59 kgs. Complexión delgada”.

La fotografía de la vitrina electrónica mostraba a una mujer sentada de no malos bigotes. No era Demi Moore en sus buenos tiempos, pero tampoco Julia Pastrana en sus malos días. Se sabe: el periodismo exige sacrificios.

No creo que la trata de personas sea lo mismo que la prostitución. La primera, obvio, debe castigarse severamente; la segunda, regularse y, si me permiten, ordenarse y mejorarse en todos los sentidos.

Morgana resultó ser una prostituta que cobraba dos mil quinientos pesos la hora. Pensé en un dicho que se decía en el patio escolar de la secundaria número 32 de la Ciudad de México: pues lo tendrá engargolado de oro. Amigas feministas, lancen de una vez los jitomates y los huevos podridos.

Morgana escribió: “Lo que me excita: Sexo con fuerza, diversión morbosa ligera, experimentar con sexo tántrico, experimentar con juguetes sexuales, masajes sensuales, saber escuchar, elevado apetito sexual, atlético, sentido del humor”. Aquí y allá corre en los mentideros la certidumbre de que cumplo de lejos con estas características. De qué se ríen, ¿no me creen?

Repasemos: fuerza, fuerza, lo que se dice fuerza, no me falta. Soy sincero, no soy un conocedor del sexo tántrico. En cuanto al masaje sensual, no supe qué pensar: ¿se soba o se palmea? Atlético, ni se diga. ¿Escuchar? Se sabe, soy una oreja grande.

Me acobardé, para qué más que la verdad. Volví a pensar en la ambigüedad: ¿se puede tener sexo pleno con una prostituta? ¿Se puede ser feliz teniendo sexo a cambio de dinero, de un pago en metálico? A mi padre le gusta decir así: pago en metálico, aunque creo que ahora también se puede pagar con tarjeta de crédito. Mi respuesta es ésta: ¿por qué no?

Cuando el table dance irrumpió en la vida nocturna de la Ciudad de México, me volví un visitante asiduo. Se trataba de un gran cambio y una mejoría notable después de bailar con una fichera del Bucabar. Nunca vi, o no supe ver, esclavitud. En cambio vi jóvenes mujeres con hijos y familia que no estaban obligadas a tener sexo con los clientes, a menos que ellas quisieran. Sé lo que piensan: no digo que sea un paraíso, pero sé que no era el infierno. Hay otros infiernos.

Pertenezco a una generación que vivió su primera juventud a mediados de los años setenta. Hombres y mujeres, muy jóvenes, descubríamos nuestra sexualidad en los cuartos de nuestras casas o en cuartos de hotel donde leíamos Rayuela, explorábamos nuestros cuerpos y oíamos Walk on the wild side de Lou Reed y pensábamos que se puede dar una vuelta por el lado salvaje.

Por estas razones no fui un consumidor de prostitución como las generaciones que nos antecedieron y conocieron otra ciudad con otras reglas morales y otros inicios sexuales.

No entregué la crónica. Mi entrega habría sido una denuncia de la pobreza, la tragedia, el engaño. Por cierto, no creo en la denuncia como método comprensivo de la realidad, ni en el periodismo ni en las letras. Sé que hay activistas dedicados a la denuncia y que eso les parece moralmente superior. No es mi caso. Simplemente, no le cargo adjetivos imperiosos a la prostitución. De nada sirve.

rafael.perezgay@milenio.com

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