Prácticas Indecibles

Episodios neuróticos

Quería escribir sobre el mal humor, el pésimo humor que cargo. No puedo culpar a las hormonas de estos episodios neuróticos, me hago cargo.

Los hombres no pueden culpar a las hormonas de algunos de sus episodios neuróticos. Nunca he dicho esto: me bajó ayer y perdí los estribos y luego los encontré en añicos en el piso de la cocina. Sé lo que están pensando las feministas, sé incluso lo que están diciendo: un acto de misoginia, de machismo ignominioso.

La verdad, los hombres tenemos que hacernos cargo de la marea alta del temperamento, de la inestabilidad del carácter, de las ganas irresistibles de reventar un plato en el piso y rementarle su madre al primero que dé la vuelta en la esquina. Aquí estuve a punto de escribir esquina del viento, pero no lo hice porque hubiera sido cursi y la verdad estoy de un humor de perros bravos cuidando un taller mecánico.

Cuando recuerdo alguna escena en la casa de la infancia alguien grita. Es mi padre. Vocifera hasta enronquecer porque vuela la mosca, porque nos cortaron el teléfono, porque sus hijos le piden dinero, porque cumplió cincuenta años y no sabe qué ha hecho con su vida. No era para menos: una mujer y cinco hijos. Yo hubiera asesinado a alguien. Dejaba para el gasto en el buró del cuarto donde dormía y salía como alma que lleva el diablo.

Mi papá habitaba una mesa de Sanborns con amigos y hacía castillos en el aire. La Loire francesa no es nada si se le compara con los castillos de viento de mi padre. Por su mente pasaban espectáculos extraordinarios, negocios tremendos, dinerales en unos cuantos días. Y luego un mal humor de los mil demonios. Así pasa con los castillos en el aire, no nos resignamos a que se desvanezcan y maldecimos cuando nos damos cuenta de la mentira.

Si el día iba mal, mi hermano mayor estaba loco y se volvería maricón y comunista de tanto leer; mis dos hermanas mayores, unas busconas, pirujas; mi tercera hermana, también mayor, era invisible a sus ojos. Yo salía ileso de sus episodios neuróticos. La suerte del menor. 

En estos días de mal humor supe de la nueva novela del gran escritor estadunidense E. L. Doctorow, El cerebro deAndrew, una exploración de la conciencia, un viaje al interior de un científico cognitivo. Busqué en mis libreros un volumen de Doctorow, un breve y enorme libro: Vida de los poetas. En una página Doctorow describe a su padre. Lo cito pues no quisiera traerlo a escondidas: “Mi padre era de esos que dan impulso a las cosas. Sabía meterse entre los cordones de la policía, con solo darle vuelo a la lengua convencía de dejarle pasar al vigilante de cualquier puerta de actores de Broadway. Encontraba entradas para un concierto del Carnegie Hall cuando ya se habían vendido todas. Nos hacía partícipes de todo. Convertía los incidentes más banales en verdaderos acontecimientos. Tenía ideas, nos daba libros a leer. Nos sacó sanos y salvos de la Depresión. Y a pesar de todo se dice que su vida fue un fracaso. Sus decisiones equivocadas en los negocios, sus errores de juicio seguían obsesionándonos más de veinticinco años después de su muerte. Esa es la razón por la cual a mi hermano le cuesta tanto desprenderse del dinero, de que mi madre no tenga a nadie que le ayude en su casa, y de que yo me apresure a pagar las cuentas y de que sienta mi éxito como una impertinencia”.

Me he desviado, como siempre. Yo quería escribir sobre el mal humor, el pésimo humor que cargo. Tengo una perra. Se llama Moska y es brava. Los que saben de perros afirman que los pastores belga malinés son muy vigilantes. Por esta razón ladra cada vez que alguien pasa frente a nuestra puerta. Muy bien, pienso, nos cuida. Mientras escribo estas líneas he gritado como gritaba mi padre: ¡Callen a la perra, chingada madre! Lo dicho: mi papá.

Además tocan a la puerta sin cesar. La ropa, el del agua, el barrendero, el del gas. El señor de las Biblias pagó los platos rotos. ¡Quién! Traigo un mensaje de nuestro Señor plasmado en la Biblia. Odio el verbo plasmar, me pone de mal humor.

Aquí no creemos en Dios, en lo que sí creemos es en los fanáticos y los charlatanes como usted y nos declaramos sus adversarios. ¡Largo! Atrás de mí, la Moska ladraba como una perra agnóstica, furibunda, implacable. Un majadero, decía mi madre de mi papá. Ahora yo soy el majadero.

No puedo culpar a las hormonas de estos episodios neuróticos, me hago cargo: el mal humor es la rebelión ante las imperfecciones del mundo. Añado: odio el ruido, la aspiradora a todo meter, la bomba de agua inyectando agua a los tinacos de la azotea, los teléfonos que repiquetean. Nunca pensé que repetiría el apotegma de mi padre: esto no es vida. ¿Qué me ven? ¿Soy o me parezco?

rafael.perezgay@milenio.com

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