Prácticas Indecibles

La vida loca

Vuelvo a ver a Elba Esther Gordillo en las primeras planas de los periódicos. En esta ocasión, ante el féretro de su hija, la senadora Mónica Arriola, y no puedo dejar de pensar en el ascenso y caída de una política que tuvo todo aquello por lo cual cualquiera firmaría un pacto con el diablo: poder a mansalva, base social, dinero mal habido a montones, respeto y miedo de sus colegas y adversarios, impunidad durante años sin que nadie le pusiera un dedo encima, intuición y maldad suficientes para intervenir escenarios y negociar con presidentes.

No quiero embellecer la historia delictiva de la señora Gordillo, pero la trama de su vida tiene todas las características de una intriga balzaquiana: presa por sus delitos, hundida en el descrédito, olvidada por sus amigos de otros tiempos, su vida puede revelarse a través de la fortuna que amasó durante años: quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por el dinero, escribió Voltaire. En algún momento el demasiado dinero todo lo descompone, y las ganas de mucho dinero, rápido y fácil, descompone mucho más la vida loca. La historia del dinero de algunos, no pocos, de nuestros políticos, cuenta la historia de la corrupción mexicana, y al revés.

El ascenso suele ser tan vertiginoso como la caída. La maestra Gordillo ante el ataúd de su hija, devastada personal y políticamente espera que sus abogados logren que su condena de anciana ocurra en su famoso departamento de la calle Galileo de la colonia Polanco.

Quedó atrás la vida de luz y felicidad, cuando Gordillo usaba al SNTE como una extensión de su propiedad privada. Gastaba dinero público en asuntos privados, hacía fraudes, trapacerías electorales, creó un partido político con fines personales. Todos los hechos que representan un México indeseable que ha provocado indignación social y clamor de castigo: la corrupción monstruosa, abusiva y descarada. Ahora Elba Esther se ha convertido en las cenizas de Elba Esther, tiempo después de que ella decidió ser la empresaria de sus descomunales robos.

Vi a Elba Esther dos o tres veces en plenitud de su mandato. Como se sabe, oficiaba, en el café El Balmoral del hotel Presidente Chapultepec. Siempre traía consigo dos teléfonos; sus secretarios y guardaespaldas traían otros tres o cuatro aparatos. Era una mañana de sol de invierno, un hombre alto le pasó el teléfono con cara de urgencia. Después de algunos minutos, la maestra gritó: ¡No te equivoques, Vicente! Al colgar dijo en voz alta: este cabrón no sabe donde está parado. Ascenso y caída, esplendor y miseria.

 

rafael.perezgay@milenio.com

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