Prácticas Indecibles

Editar

Los libreros suelen despreciar al libro mexicano y tienden a darle un lugar de privilegio al libro español. La pelea cuerpo a cuerpo en las librerías para que los libros se exhiban, un pleito a muerte.

En los remotos años setenta ocurrió un cambio en el mundo de las letras que modificó de fondo las relaciones culturales en México. Los jóvenes interesados en hacer una vida periodística o literaria no tenían que ostentar un título de abogado o dedicarse a dar clases, esos jóvenes podían dedicarse a corregir, editar, producir revistas o libros y ganar algún dinero para realizar una parte de sus ilusiones. Quienes nacimos en los cincuenta y aún nos dedicamos al periodismo y las letras vivimos ese momento como un sueño realizado. He vivido, cualquier cosa que esto quiera decir, de ordenar los textos de otros y de poner una palabra tras otra, las mías y las de los demás. A esto, algunos le llaman editar.

Después de la aventura del suplemento Cultura en México, que dirigía Monsiváis, algo me fue implantado para siempre y ya nunca pude quitarme de la edición. Un poco antes, un grupo de jóvenes demasiado jóvenes, hicimos nuestras primeras armas en una editorial: Premià, editora de libros. Acabamos a mordidas con el dueño y editor Fernando Tola de Habich. No tiene caso escribir ahora por qué se desbarató aquel pequeño y notable proyecto editorial. Quizá yo mismo no lo sepa.

En los años ochenta, un grupo de escritores decidimos crear una editorial con el único fin de publicarnos a nosotros mismos. Escribo con gusto y nostalgia los nombres de esos amigos: Luis Miguel Aguilar, Roberto Diego Ortega, Alberto Román, Antonio Saborit, Sergio González Rodríguez, José Joaquín Blanco y Rafael Pérez Gay. Que me fulmine un rayo si me olvido de alguien.

En ese tiempo, Héctor Aguilar y Andrés León planeaban hacer una editorial. Unos y otros nos reunimos, hablamos, discutimos, nos enojamos y luego nos contentamos. Ayúdenme a recordar: León se había empeñado en que la editorial se llamara Aguilar, León y cal editores; nosotros queríamos que se llamara simplemente Cal y Arena, en recuerdo de una sección del suplemento de Monsiváis donde publicábamos los jóvenes.

Quisimos crear un nuevo espacio editorial que ofreciera crónica, memoria, ensayo político, ensayo cultural, novela y cuento. La salida fue un éxito y una monserga. La presencia de Carlos Salinas en la inauguración nos trajo contrariedades, maledicencias y no pocas infamias.  Pienso en el pasado y considero que  en cierto sentido no les faltó razón a nuestros críticos, pero no será aquí donde platiquemos de esto. La visita del presidente electo de aquel año no le quitó a esa idea editorial su impulso legítimo e intelectual, la locura de que se podía realizar algo serio con los libros.

La composición editorial y la irrupción del mercado como divisa aún no habían cambiado, los grandes consorcios editoriales no ponían todavía un pie en México. Así pusimos nuestros primeros libros en el mercado y así buscamos un lugar en la vida cultural. Lo mejor que nos dijeron nuestros críticos es que seríamos la editorial de un sexenio. Se equivocaron. Cumplimos 25 años de editar libros.

El camino editorial era difícil, pero la ruta comercial, de locos. Sostengo que los libreros suelen despreciar al libro mexicano y que tienden a darle un lugar de privilegio al libro español. La pelea cuerpo a cuerpo en las librerías para que los libros se exhiban, un pleito a muerte. Como en las novelas, el tiempo pasó. Una nueva y notable generación de editores mexicanos ocupó una parte del mercado. Como nunca antes los editores nacionales han propuesto su gusto en un catálogo editorial: Almadía, Sexto Piso, Ficticia, Ediciones sin nombre y muchas más casas editoriales que publican bien a autores mexicanos. La editorial decana se llama ERA.

¿Tiene sentido publicar hoy si no es un negocio redondo o más o menos redituable? Sí.

rafael.perezgay@milenio.com