Prácticas Indecibles

Ebrard

Es cierto: la política activa inventa ficciones verdaderas. A veces duran una nada, pero en su brevedad esconden el asombro de una lección ejemplar. De eso trata la trama de la vida pública de Marcelo Ebrard. Su estrella política ha eclipsado y se ha convertido en un hombre en fuga, a la intemperie. El destino torció sus líneas y puso a Ebrard en el umbral de los hombres acabados. También es cierto que para que el destino entre, alguien tiene que abrirle una puerta; Ebrard abrió un portón.

El imperdonable desastre de la Línea 12 del Metro, las sospechas de usos y abusos de influencias ilícitas en torno a la casa que habitaba en la colonia Roma, las transacciones del gobierno que encabezaba con una empresa de su hermano, los errores políticos desprendidos de su soberbia, los cálculos mal hechos en los puentes de sus relaciones políticas no son las causas menores en ese desbarrancadero, pero hay otras detonaciones en su estrepitosa caída.

Una sombra y dos renuncias. En el año 2000, cuando Manuel Camacho postuló para la Presidencia y Ebrard para la Jefatura de Gobierno del DF por el Partido de Centro Democrático, Ebrard declinó a favor de López Obrador y se incorporó a un consejo de asesores de la Ciudad de México. De 2005 a 2011, Ebrard consolidó un buen gobierno en la ciudad a la que convirtió en un lugar de libertades y triunfos civiles. Parecía que había surgido un político de carácter fuerte e ideas sensatas.

En 2010, Ebrard miró más alto y expresó su interés en contender por la candidatura de su partido, el PRD, a la Presidencia. La sombra otra vez y algo más destruyeron ese sueño: el fantasma del joven servicial y ambicioso que lo persiguió a lo largo de los años. Nadie más soberbio con el paso del tiempo que el muchacho que llevaba y traía los recados convertido en jefe de cúpula. Nueva Izquierda lo postuló para contender ante López Obrador, hombre fuerte de Izquierda Democrática, la tribu de Dolores Padierna. El PRD dio a conocer que el método para seleccionar al candidato sería mediante una serie de encuestas.

En los mentideros de la política se dice que Ebrard ganó en esas encuestas. Eso se dice. Lo que se sabe es que renunció por segunda vez ante la sombra y que una vez más se impuso el muchacho de los recados, el eterno edecán de sus propios sueños.

rafael.perezgay@milenio.com

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