Prácticas Indecibles

Cosa de plomeros

Yo no sabía que en casa había un centro de lavado, siempre pensé que se trataba de una lavadora. Pues como se llame, reventó. Ya no lava, ya no seca, dijo la muchacha, a la cual también le podemos llamar coordinadora general de aseo y limpieza. En nuestros días, los plomeros cotizan muy alto en la percepción de los mexicanos, más arriba que un abogado, ni se diga de algunos políticos. ¿Usted le encargaría la compostura de su centro de lavado a un diputado del Partido Verde? Yo, no. Le apuesto que se lo llevan y nunca lo regresan. Iba a escribir que es parte de su naturaleza, pero no, los verdes han aprendido la mentira hasta convertirla en su segunda piel.

Rivero apareció en la casa de usted con el paso firme de un experto. Tomó la azotea e instaló un quirófano. Desarmó el centro de lavado con la destreza de un cirujano. El piso de la azotea  sembrado de las piezas del motor parecía una instalación de un famoso artista alternativo. Si llevo este reguero con conocedores del arte moderno, pensé, me compro diez centros de lavado.

Nadie me hizo caso. Desde hace tiempo nadie me hace caso. Desaparecí de la azotea y me encerré a trabajar. No pude, mis pensamientos los ocupaba Rivero. Sé que hablar de plomeros no prestigia, me importa poco, tengo mis reservas acerca del prestigio.

Después de la consulta y la intervención, Rivero diagnosticó: la tarjeta no sirve. Yo no sabía que las lavadoras usaran tarjetas. Son caras, dijo Rivero. De la bolsa de su pantalón sacó un celular y marcó números con un gesto de malestar, como si detestara ofrecer presupuestos. He visto a personas hacer presupuestos, le quitas y le pones hasta dejar una mentira redonda.

Necesito 2 mil de adelanto. Se los di y le llamé maestro a Rivero. Vengo el martes. Lo espero, maestro. Eso fue hace tres semanas. Lo confronté en sus oficinas, es decir el changarro donde despacha entre trebejos y lámina oxidada. Me dijo esto: le dije que la tarjeta viene de Baltimore. Tenga paciencia. Ahora vivo aprensivo, temeroso de que pase algo negativo.

Odio las analogías gratuitas, pero sospecho que al gobierno de Peña se le descompuso el centro de lavado. Y aquí estamos, esperando la inexistente tarjeta que ha prometido un plomero mentiroso.

rafael.perezgay@milenio.com

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