Prácticas Indecibles

Contraseñas

Estoy perdido. El sistema tiene un momento de bondad: ¿olvidó su contraseña? Sí, la olvidé, de hecho nunca la supe, ¿me ayuda?

Me vuelvo loco. El secreto del mundo lo guarda una contraseña. Una contraseña que hemos olvidado, o que escribimos en un cuaderno que no sabemos dónde está, o que guardamos como si fuera una joya desaparecida para siempre. Si quiere usted recuperar su infancia, escriba el password. Usted lo escribe, y aparece en el patio de la escuela asediado por uno de los niños grandes. En ese tiempo todo era un bullying. Siempre tuve dificultades para sentir rabia, verdadero coraje; en cambio, un día estallaba el planeta de la serenidad en pedazos y lo echaba todo a perder. Pero este artículo no es de la infancia y el coraje sino de las contraseñas.

En la película Ojos bien cerrados, basada en Relato soñado del escritor austriaco Arthur Schnitzler, el médico vienés, interpretado por Tom Cruise, entra a una ceremonia secreta con esta contraseña: Fidelius. Adentro, una orgía inenarrable sorprende al médico. Pero me desvío, estas líneas no tratan de aparatosas orgías, sino sobre las nuevas contraseñas del mundo tan perturbadoras como una orgía a todo vapor.

Durante mucho tiempo, asocié las contraseñas con la entrada a establecimientos prohibidos por la ley: “Perro uno, tren”. Correcto, adelante. Dentro, los andrajos del mundo colgaban de las paredes. De este lado del mundo no hay orgías perpetuas ni pasillos oscuros que desemboquen a la locura. Encendí la computadora y me pidió dos contraseñas. No sé ninguna de las dos. Un suplicio. Recuerdo porque Dios es grande la primera, pero de dónde saco la del Internet. Yo tenía un papel en el que apunté números, pero de inmediato lo arrugué y lo arrojé a la basura.

Estoy perdido. El sistema tiene un momento de bondad: ¿olvidó su contraseña? Sí, la olvidé, de hecho nunca la supe, ¿me ayuda? Mandé un correo a no sé dónde. En esa bandeja usted escribe el nuevo correo y listo. Me costó un trabajo enorme, no sé si ya dije que soy idiota electrónico. Lo soy y probablemente no solo electrónico a juzgar por mis relaciones con otras personas, siempre me enredo, pero esa es otra historia. Escribí con gran desconfianza, mandé con enorme temor y recibí una nueva contraseña. Pensé: me la voy a tatuar en el brazo y se acabaron los problemas, pero eso no arreglaría el asunto. Con mi tatuaje 709 437 rpg iría por el mundo perdiendo la identidad una y otra vez hasta convertirme en una sombra, en nadie, nada, nunca.

Superé la prueba y me envanecí inmoderadamente (odio los adverbios terminados en mente, pero a veces son indispensables). Busqué un final feliz: en el App Store tengo libros y películas para comprar, los merezco, faltaba más. Y compré novedades editoriales y películas. Al fin estoy al día, pensé, me alcancé a mí mismo.

El paquete parecía el último deseo de un condenado a muerte, pero sobre todo me salvaba de asistir al tormento de un cine, cualquiera que éste sea. Odio ir al cine. Gasté toda la oscuridad de mi vida en la juventud y en una sala cinematográfica. No me queda ninguna reserva de penumbras. Un día pensé comprar Cinépolis o Cinemex con la única idea de derruirlos para que las personas regresen a sus casas y ahí, en sagrada intimidad, vean sus películas. Desde luego que se pueden ver estrenos, como en un cine.

Es la hora, medité, vengan todas mis compras. Con esto me las arreglo para el día y para la noche y me hacen los mandados las preocupaciones, así decía mi papá. Escriba su contraseña. Me quise tirar de un noveno piso, pero no tengo noveno piso. ¿Otra contraseña? Normalmente (ya me pronuncié respecto a las terminaciones en mente) los usuarios eligen fechas de nacimiento de familiares y amigos, de perros y gatos. Nada, ni películas ni maldita la cosa. Fecha de nacimiento de los hijos, nadie aparece. Desesperé hasta el abatimiento. La vida nunca quiere lo que nosotros queremos, escribí un día, ¿o fue un amigo? Da igual.

¿Hay un médico entre ustedes? Un médico digital. Invento contraseñas muy duras, secretas, difíciles: “Epaminonas”, “1547980”, “De tu alpiste me cansé”, “Tamal de dulce salado”, el oxímoron suele destantear al enemigo. ¿Alguna sugerencia? Ya dije: me vuelvo loco. Perro, uno, tren. ¿Puedo entrar?

rafael.perezgay@milenio.com

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