Prácticas Indecibles

Compro silencio

Pondré un anuncio en el periódico: compro silencio a buen precio. Pero la verdad es que no hay oferta de silencio, el ruido se vende barato y
a puños.

La mala noticia llegó con dos camiones de arena. En el predio contiguo a la casa de usted se construyó el edificio más feo de la Ciudad de México. Una cuadrilla de trabajadores descargó montañas de arena, cemento y piedras, piedras pequeñas, como las que usan los anarcos cuando destruyen escaparates en el Centro. Uno de los departamentos de ese bastimento entró en fase de remodelación. Así pasa de un tiempo a este parte con muchos de los departamentos de los edificios de la colonia Condesa. A la mañana siguiente, al despertar, pensé que tiraban el muro de mi recámara. Golpes de marro en la cabeza. Aclaro: no había cruda. No exagero, golpes de marro grande en mi cabeza. De entre los vecinos, nadie se inconforma por esta locura, sí, hay una probabilidad alta de que sean sordos. Nos hemos acostumbrado al ruido inhumano.

Cinco, seis horas de golpes en el muro a partir de las ocho de la mañana. Hablo como detective de novela policiaca:

—Voy a hacerles una visita a estos señores del gremio de la construcción —ni modo de llamarles albañiles en esta novela policiaca.

Timbro. Nadie acude a mi llamado. Timbro de nuevo, con furiosa intensidad. Asoma un hombre joven:

—Quééé.

—¿Me abre?

—Para quééé.

—Quiero hablar con usted. Soy el vecino.

Entro al departamento, mejor, a lo que fue un departamento y ahora es una estancia sin muros, una obra negra. Les confieso a los jóvenes albañiles como si fueran mis psicoanalistas:

—Me estoy volviendo loco —los miro con mirada intensa, de loco; recuerden, si quieren algo, actúen.

Me miraron con indiferencia. Entre las clases menesterosas no hay mucha solidaridad psíquica.

—Ustedes martillan desde las ocho en la cabecera de mi cama —les digo.

—Nos dijeron que así a duro y duro.

—Pero han tirado los muros, eliminado el baño, quitado la cocina, ampliado las ventanas. ¿Quién es el arquitecto que ha ordenado esta destrucción?

—Está en el boltreisenter. Un Salazar.

Dos opciones: buscar la aguja de Salazar en el pajar del boltreisenter o tomar cartas legales en el asunto. Bien, elijo la segunda.

—Licenciado —me oigo decir, mi papá a todos les decía licenciados—, sí, licenciado, una remodelación sin permiso. Quisiera pedirle una revisión del terreno —les juro que dije terreno.

Sé que no van a creerme, pero esta fue la respuesta que recibí del funcionario de la delegación Cuauhtémoc:

—Los supervisores están de vacaciones. Será cuando vuelvan de allá.

—Oiga, pero si unos supervisores vacacionan, ¿no hay otros que trabajen?

—No, aquí no.

—Buenos días, felices vacaciones —le dije con una dosis ácida que a él le importó un cacahuate.

Me hundí en un pozo de desesperación y cólera. O sea, no hay quien atienda a los vecinos. A mí me van a perdonar, pero el delegado Fernández algo hace, o mejor, algo no hace, razón por la cual su delegación es un desastre, con la pena.

Me oigo decir en casa:

—Rascarse con las propias uñas. Les haré otra visita a estos amigos del gremio de la construcción.

Timbro. Se repite la escena que he descrito líneas arriba. Hablo como un sargento con los albañiles:

—Esta obra se detiene en este momento. Ustedes se han vuelto locos.

Me miran como se ve a los locos del Fray Bernardino Álvarez y uno de ellos, el más elocuente, contesta:

—Sí. Pero luego vamos a tardar más.

La lógica transparente de este albañil me aniquiló. Cierto: detener la obra solo postergaría el tormento del ruido.

De un tiempo a esta parte, el ruido se ha convertido en la vida imposible. No exagero. Todos se han propuesto  producir cantidades locas de ruido. Los que lavan los coches, los que asan las hamburguesas, los que acomodan los coches, los que venden tamales calientitos, los que sueldan puertas (hay muchas puertas que soldar), los que gritan en la madrugada, los que ponen la música a las cinco de la mañana. Nadie me cree, pero digo la verdad, pondré un anuncio en el periódico: compro silencio a buen precio. Pero la verdad es que no hay oferta de silencio, el ruido se vende barato y a puños.

Pregunto: ¿todos los trabajadores de la delegación Cuauhtémoc siguen de vacaciones? ¿Se abrió la ventanilla? Algo fuerte suena muy cerca, no sé si es mi corazón o el marro en el muro.

rafael.perezgay@milenio.com

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