Prácticas Indecibles

Breve memoria de mi madre

Mamá regresó con el tiempo. Cada vez que vuelve, ni ella ni yo sabemos quién es el fantasma. Sabemos que es extraño el sueño de la vida: el patio escolar, el hígado encebollado, Freud, el templo de la Coronación y la agonía.

Debe ser la edad. Siempre detesté el Día de la Madre, su cauda de frases cursis, su estela de fotografías de ancianas venerables. Pero de un tiempo a esta parte, la celebración me recuerda mi orfandad incurable, es decir, me trae a mi madre del polvo en que la convertimos resuelta en  memoria. La memoria es el Dios de los ateos. Viene mi madre durante el temblor a decirme que salga de inmediato, que me tardo, que soy una barbaridad, que siempre he sido un tarambana, un ojo alegre, el vivo retrato de mi padre.

Viene mi madre a buscarme a la escuela primaria José Mariano Fernández Lara. Llega tarde, una hora de tortura en el patio escolar después de que ha sonado el timbre de salida. El retraso me desvencija y lloro. Por fin llega mi mamá y yo le reclamo con una rabia desconocida:

—No llegabas.

—¿Tú crees que yo te dejaría abandonado?

—No.

—Entonces, ¿por qué lloras?

—No sé —le respondo aliviado desde mis ocho años.

Mi madre y el hígado encebollado forman un capítulo de novela. Ella vivió convencida de que el hígado proveía de una fuerza física impresionante y que estimulaba la inteligencia. Cuando me sacaba un diez en materias difíciles, ella sabía el secreto:

—El hígado nunca falla —decía orgullosa de la alimentación con que me volvía un niño fuerte e inteligente.

Muchos años después, la medicina desacreditó al hígado de res y lo remitió a la lista de alimentos peligrosos. Según esto, el hígado consiste en una bomba de triglicéridos capaz de estallar el corazón de un adolescente enamorado. Mi madre se hundió en el desaliento y luego desconfió:

—No saben nada, inventos, mentiras, propaganda —cuando mi madre descalificaba seriamente algo siempre utilizaba la palabra propaganda.

La verdad es que el hígado vino a menos en casa y en la propuesta nutritiva, un día simplemente desapareció de nuestra dieta. El pescado cotizó altísimo, el omega tres y la manga del muerto, pero ¿quién compraba entonces huachinango? Moros con cristianos, sí, base de nuestra dieta.

Mi madre iba y venía por un departamento sin muebles. Mis hermanas asistían a la escuela y yo acompañaba a mamá. Se daba tiempo para leer a Freud. Lo digo en serio, mi hermano, que estaba loco, le daba libros de Freud: Tres ensayos sobre sexualidad infantil, La etiología de la histeria. Si recuerdo bien, mi mamá avanzó en la lectura de La interpretación de los sueños. Le decía a mi hermano mayor:

—Yo no creo que todo en la vida se deba a algo sexual. Freud exagera.

Mamá tuvo razón, pero no voy a meterme ahora en esa camisa de once o doce varas. Cuando mi madre estaba descorazonada se ponía una pañoleta en la cabeza, me tomaba de la mano y me llevaba a la iglesia de la Coronación. Las mujeres aún se tapaban para entrar al templo, no sé en estos tiempos qué se usa, ¿un velo? La iglesia estaba en el Parque España, en la colonia Condesa. De rodillas, mamá hablaba con Dios o con quien atendiera en ese momento allá arriba. Tiempo después dejó de creer en todo lo que le enseñaron en  su casa. Sólo hasta la más alta vejez volvió a creer “en algo superior”. Rumbo a sus noventa años me decía que algo más fuerte que nosotros decidiría en nuestras vidas el momento de la muerte. Yo la molestaba:

—Tú nos has enseñado que sólo la Cafiaspirina puede salvarnos.

Niña de mil años, como escribió Paz, mamá se reía y me llamaba la atención:

—¿No crees en nada?

Me gustaba desarmarla con un toque melodramático, una confesión de amor, un reconocimiento ante sus ojos:

—Sí creo: en ti.

Sabines escribió páginas hermosas sobre su madre. Se trata de un poema de XXIV piezas titulado Doña Luz. En esa prosa poética Sabines escribe que tercas y dolorosas, las imágenes de la agonía de su madre se repetían en sueños sin permitirle dormir. A todos nos ha pasado igual en el adiós a nuestra madre.

Mamá regresó con el tiempo, más allá de la agonía. Cada vez que vuelve, ni ella ni yo sabemos quién es el fantasma. Sabemos sí, que es extraño el sueño de la vida: el patio escolar, el hígado encebollado, Freud, el templo de la Coronación y la agonía.