Prácticas Indecibles

Bicicletas

Mi primera bicicleta llegó a la casa de usted desde un puesto de Tepito. De medio cachete y sin cuadro, es decir, una bicicleta de niña. Así se usaba en esos tiempos, con cuadro y sin cuadro. También usé, por cierto, lentes de mujer, como de antifaz. Sin graduación específica, solo servían para que me dieran derecho a exámenes finales. Mi papá llegó con unos lentes que me horrorizaron por su fealdad incluso para la cara de una mujer. Hice mis exámenes como pude y los tiré a un baldío. Los perdí, dije en casa.

Por lo menos dos veces estuve a punto de ser arrollado en mi bicicleta tepiteña sin marca y sin salpicaderas y sin dínamo para generar luz. Eran las bicicletas de finales de los años sesenta en una ciudad que aún ofrecía calles apacibles. En ambas ocasiones yo tuve la culpa, atravesé distraído, aparecí de pronto delante del conductor. Llegué a dominarla con cierto toque de maestría infantil: subía y bajaba banquetas, era capaz de derraparla y dar con ella un latigazo sobre el pavimento, empuñaba el manubrio (así se decía) en las bajadas del cerro de Chapultepec.

Cuando salía de casa en mi bicicleta, mi madre se encomendaba a todos los santos y las santas. Todavía creía en Dios, antes de que la vida derrumbara con el marro de la tristeza todas sus esperanzas. Yo era invencible en mi bicicleta y desafiaba con absurda ignorancia infantil a los Sonora-Peñón, los camiones que atravesaban la avenida Sonora, avanzaban por Mariano Escobedo y Ejército Nacional, y se perdían en la Glorieta de Camarones. Esa ciudad ya no existe, desapareció con todos mis sueños de esos años.

Un día, una brujez pasó por la casa como una plaga de langosta y se llevó muebles y aparatos domésticos, incluyendo mi bicicleta. Nunca volví a tener una que no fuera alquilada. Esta estampa en dos ruedas viene a cuento porque veo a los ciclistas circular por las calles como nunca lo imaginamos en esos años en ciclopistas extrañas que les dan un lugar de privilegio.

No está mal; al contrario. Lo que no puedo tragarme es la superioridad moral de algunos ciclistas que injertan en pantera porque vas en coche, te desafían y descalifican y no pocas veces insultan aun cuando ellos no respetan las señales de tránsito. Cualquier superioridad moral es peligrosa, tiende a la imposición y pone los cimientos del autoritarismo. ¿Qué habrá sido de mi bicicleta?

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay