Prácticas Indecibles

Aguas de verano

Ya dije que un día iremos a la oficina en canoa. Sé que la ciudad se inundará hasta el fin de los tiempos; en parte por la falta de visión de quienes construyeron este laberinto urbano, en parte porque así lo quiere el destino de un pedazo de tierra húmeda sobre el cual se edificó una locura llamada Ciudad de México. Pienso en esto cada vez que llueve a cántaros y veo cómo suben los niveles del agua pluvial sin fuerza natural, civil o divina que pueda contener el odio de las corrientes que fluyen en este cuenco en el cual vivimos.

Las lluvias del verano me recordaron la historia del agua, calvario de los habitantes de la ciudad, mientras preparaba algunas notas y textos sobre algunas calles del Centro Histórico. En la calle de Corregidora, que se llamó Puente de la Leña, empezaba la Calle de las Canoas, un canal que terminaba en Eje Central, una de las avenidas más antiguas y extensas de la ciudad conquistada.

La nueva ciudad que reconstruían Cortés y sus conquistadores se levantaba entre acequias. Cada una tenía pequeños puentes para cruzarlas, de ahí que abunden en la ciudad calles con el nombre de puente. Así explicó Bernal Díaz del Castillo esas avenidas: “Son las calles de ella —de la ciudad de Tenochtitlán—, digo las principales, muy anchas y muy derechas por las cuales andan en sus canoas, y todas ellas de trecho en trecho están abiertas por donde atraviesa el agua de las unas a las otras o en todas las aberturas, que algunas son muy anchas, hay sus puertas de muy anchas vigas juntas y recias y bien labradas y tales que por ellas pueden pasar diez caballos a la par”.

La gran Calle de las Canoas corría a un costado de Palacio Nacional, en Puente de la Leña, y terminaba en el Hospital Real, hoy Eje Central. Era un largo canal por el cual navegaban las canoas con flores, legumbres y pescado que se vendían en la plaza mayor.

El agua tiene memoria y vuelve a su semejanza. Cuando llueve recuerda su pasado, por esta razón, mágica y científica, la ciudad se inundará una y otra vez, sin descanso, la memoria nunca duerme. Ciertamente el día en que empezaron a entubarse los ríos, la ciudad perdió una parte de su belleza. La venganza del agua consiste en volver a su viejo cauce. Todo esto dicen las lluvias de verano.

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay