Hormigas

De la violencia

La violencia en cualquiera de sus manifestaciones es el tema de nuestros días. No hay información continua que no la considere como parte de su oferta, ni la realidad misma, que a cada momento nos devuelve la certeza de que somos violentos.

Ese alto grado de exposición nos hace tolerantes a la violencia, al grado de que nos volvemos insensibles al dolor humano, consecuencia de numerosos actos de violencia. Ni siquiera en la guerra ese nivel de tolerancia masiva es visto con naturalidad, básicamente porque la guerra es, en sí, un hecho traumatizante, que vulnera toda lógica de convivencia social, ya que impone de facto las reglas y situaciones límite del enemigo.

En la normalidad en la que habitamos, no hay guerra y tampoco una imposición de clara procedencia, pero sí altos niveles de violencia. Sin embargo, hay una forma de combatir la apatía –esa falta de capacidad de indignación ante la acción abusiva del poder humano–, que consiste en vivir la experiencia de la víctima.

Conocer los dramas humanos nos puede ayudar a entender mejor el peso ciego del poder desmedido, la injusticia y la crueldad, por el simple y llano afán de comprender al otro. La pregunta, realmente, es si deseamos ponernos en el lugar de la víctima, o si pasamos de largo ante su dolor. Cada quien la responde de la mejor manera, pero es sin duda esa respuesta la que guiará el comportamiento general de nuestra descendencia. Nuestros hijos observan cómo reaccionamos ante la violencia, y aprenden también a responder, a veces críticamente, a veces reproduciendo estereotipos asociados a la indiferencia, como la perpetuación de prejuicios, o la práctica de la discriminación.

Las sociedades evolucionan, nunca en la dirección enaltecedora de un progreso utópico, por lo menos no en los países de América. Suplimos carencias con nuevas omisiones, mentiras viejas con mentiras nuevas; parecemos condenados a no ser completamente justos, ni felices; pero estamos dispuestos a continuar en su búsqueda, lo cual, en apariencia, ennoblece nuestra vida en común.

Valdría la pena preguntarnos si el consumo de violencia al que nos hemos habituado, con el grado de morbosidad que trae consigo, contribuye o no a ese fin próspero.