Hormigas

Los maestros de mi lengua materna

Leo el discurso del escritor nicaragüense Sergio Ramírez (1942), con el que se abriera el VI Congreso Internacional de la Lengua Española. Me conmueve la contundencia de sus reflexiones, que aluden a las posibilidades de aprehensión de las palabras, pero también a los límites impuestos a la lengua por los poderes fácticos.

Se puede leer ese discurso en la página del escritor en Facebook. A mí me deja un regusto a nostalgia por los escritores que leo y me enseñan las posibilidades de mi propia lengua: desde el vernáculo Cervantes, cuyo Quijote leí nota por nota al pie, hasta las rarezas iconoclastas de Sergio Ríos en la corriente de la poesía más nueva. Todos me revelan las fronteras del idioma con que he aprendido lo que sé. Conocí los conceptos y valores estéticos que me dan identidad a través del español que leí y escuché de los artistas mayores de mi cultura.

Es el caso del mexicano Ramón López Velarde (1888-1921), de quien aprendo en forma y fondo: el uso profundo de la metáfora y la metonimia, sobre un ritmo conciso, ligado al contexto cultural del México de principios del siglo XX. A ello se suman valores como la honestidad en la escritura, transparente para quien lee con atención sus poemas, tanto en prosa como en verso; en otras palabras, la verdad poética que se expresa en la línea de pensamiento que va del contenido a la enunciación, hasta alcanzar la más depurada expresión lingüística.

Otro ejemplo es Alfonso Reyes. Todo concepto, todo conocimiento, toda facilidad para expresar las más hondas reflexiones en torno de los temas centrales de la cultura occidental. Un sabio en todos sus términos, un maestro del estilo, que somatiza en la enunciación el peso del conocimiento, hasta lograr una sola forma del español: cima a la que puede aspirar un lego lector como yo.

La lista es larga. Comprende las audacias de José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante, tan caros para mí, por obra y gracia de otros escritores que me revelaron su inabarcable presencia, como David Huerta; la autoridad sentenciosa de Eliseo Diego, Adolfo Bioy Casares y Ernesto Cardenal, cada uno a su manera; la opacidad desafiante de Eduardo Milán; la ironía de Jorge Ibargüengoitia; el teatro largo de Vicente Leñero; el periodismo de Gabriel García Márquez; la voz pausada y sola de Idea Vilariño, más la profundidad de Blanca Varela...

El español es libertad. Puedo decir, junto a Sergio Ramírez, que desde que aprendí a leer "no puedo sentirme solo. No tengo mi lengua por cárcel, sino el reino sin límites de una incesante aventura".