Hormigas

Mi lectura más intensa

Leer es una actividad solitaria, y quizás por ello íntima. Leer puede hacernos reír y llorar, y extrañar a quienes nos observan sin comprender el motivo de nuestras expresiones. Muchas veces he llorado en silencio la muerte de un personaje, ante el indiferente mundo que transcurre afuera; el luto me dura por días, mientras la luz y el movimiento de las personas cambian ante mi vista. Después de una emoción producida por la lectura, el mundo tiende a transformarse.

Recuerdo la primera vez que sentí la profunda emoción de ver cambiar el entorno por la emoción de la lectura. Cuando estaba en la escuela secundaria, me propuse leer la narrativa completa de Edgar Allan Poe; una conjunción de circunstancias me había despertado la curiosidad de leerlo, y un desafío personal me enfrentó a leer esa obra completa: los dos tomos que se presentaban a mi vista y mis primeras vacaciones en la ciudad de Toluca, Estado de México, me hicieron tomar la decisión.

Emprendí semejante empresa con la lectura de la biografía del autor, escrita por Hervey Allen, que se encontraba en una vieja edición que encontré en la biblioteca de mi tutor literario Armando Hernández Ledesma; me conmovió esa vida compleja, genial y terriblemente desoladora de un artista incomprendido en su tiempo y reivindicado por sus lectores más recientes. Uno de ellos, Julio Cortázar, traductor al español en 1956 de esa obra magnífica que aquel día de 1982 empecé a leer.

Para un jovencito, la literatura de Poe es un reto complejo, sobre todo si ese lector es inexperto en una obra profundamente emocionante, que toca tanto las acciones más alucinantes, como las explicaciones psicológicas de tales acciones, a cargo de reflexiones largas y profusas, a veces francamente aburridas al principio, cuando más trabajo cuesta sumergirse en esa abismal dimensión de lo humano y lo sobrenatural.

Recuerdo las horas y días invertidos en leer "El pozo y el péndulo", "Manuscrito hallado en una botella", "El gato negro", "Un descenso al Maelström" y las inolvidables "Aventuras de Arthur Gordon Pym", interrumpidas en el instante mismo en que el Yeti se acerca... Cuando cerré el segundo tomo, la luz era otra, y yo también. Nada hay que sustituya a esa emoción renovadora de la literatura, que me transformó radicalmente, precisamente en el rizoma narrativo de la novela que nos lleva a decir: eso no es una novela.

Tardé mucho en recuperarme de esa impresión, como para emprender otra lectura. Aún hoy recuerdo esas horas formativas, definitorias.