Hormigas

El idioma de Gabriel García Márquez

No ha pasado mucho tiempo desde la aparición de la biografía "oficial" de Gabriel García Márquez, Una vida, del catedrático inglés Gerald Martin (Debate, 2009), hecha durante diez años de constante trato íntimo con el escritor y su familia, tanto en Colombia como en México. Esa biografía es una minuciosa disección de la personalidad de un hombre complejo y simple a la vez, si hemos de atender a las múltiples formulaciones de su propia vida o si sólo atendemos a sus principios de conducta, repetidos y perfeccionados en el tiempo.

Reveladora, como suele ser toda biografía, la de Gerald Martin es, quizás, el mejor retrato al que podemos acceder para conocer a Gabriel García Márquez, escritor de ficción, narrador puntual, periodista mordaz y, sobre todo, un entrañable amigo de sus amigos.

Esa biografía resume estas afirmaciones en cuatro o cinco anécdotas. La primera es la más significativa: el coronel Nicolás Márquez Mejía, abuelo del escritor, le regaló a su pequeño nieto un diccionario, y le dijo: "Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca." "¿Cuántas palabras tiene?", le preguntó el niño. "Todas", le respondió el abuelo. A partir de entonces, el futuro escritor conoció y aprendió de memoria, y por orden alfabético, muchas definiciones de ese volumen de casi dos mil páginas que se convirtió, al cabo de los años, en su guía moral para llegar a escribir la narrativa en español más innovadora de su generación.

En La hojarasca o El coronel no tiene quién le escriba, ese gesto del abuelo (y el abuelo mismo) aparece transfigurado en el protagonista que no deja de mirar con admiración y recordar con nostalgia el idioma y la tradición, la historia y el árbol genealógico de su familia. Es decir, en ambos relatos, el protagonista es la representación de un diccionario, libro que no sólo es un instrumento de saber, sino también de poder, pues para Colombia el idioma fue un símbolo de hegemonía conservadora que abarcó el periodo de 1886 a 1930.

Quizás sea exagerado decirlo así, es cierto. Pero de ello tiene la culpa Gerald Martin, que desata en cualquier lector de esta biografía una admiración desbordada y una lectura crítica del poder en Colombia, porque es desde ese enfoque que fue escrita. Tal vez por eso, al tratar de observar la relación del escritor de Aracataca con Fidel y Raúl Castro, encontremos más que una admiración: una correspondencia con la fidelidad que el escritor sintió por sus propios antecesores.

Gabriel García Márquez no fue un hombre sencillo. No podía serlo, frente a un continente que reclamaba claridad crítica y responsabilidad en el uso del idioma, ya que eso significaba la defensa de su identidad y de su soberanía. Quizás por eso admiramos también al escritor que acaba de morir: nos dio soberanía sobre nuestro propio idioma.