Hormigas

Sobre destrucciones del patrimonio cultural

Desde inicios de febrero de este año, hemos visto reiteradas imágenes de destrucción del patrimonio cultural de la Humanidad en Irak por parte del grupo radical Estado Islámico. Estatuas, construcciones arqueológicas y vestigios de la época asiria, cuya antigüedad data de al menos 13 siglos antes de la era cristiana, en las ciudades de Mosul, Nimrod, Hatra y Jorsabad, han sido saqueados y demolidos, e incluso muchas de sus piezas vendidas en el mercado negro.

La ola de indignación comienza en la Unesco y organismos internacionales que no pueden intervenir directamente en los territorios iraquíes, ni apelar ya a las autoridades locales ni a la sociedad organizada de esas ciudades, quienes han declarado fehacientemente su temor a represalias si hacen algo más que levantar la voz, lo cual ha sido inútil hasta ahora.

Destruir la huella del paso de la humanidad por el tiempo por razones religiosas, como es este caso, es una constante en la historia. Basta citar el tortuoso paso del Imperio Romano hacia el Cristianismo. Constantino el Grande confirmó su supremacía al trasladar la capital del Imperio de la costa del Tíber a las orillas del Bósforo, e implantar la religión como el vehículo de su dominio; si bien es cierto que antes de vencer a Licinio había consentido el derecho de los habitantes a ejercer la religión de su preferencia, lo cierto es que la hegemonía de su autoridad dependía de implantar una religión de Estado… y exterminar a quienes no comulgaran con ella.

La historia consigna la desgracia de hechos sangrientos y despiadados para quienes no eran fieles al Cristo, expresada en los detalles más nimios, como una incompostura en el templo, por ejemplo, hasta el saqueo de los lugares de culto a los dioses paganos, incluyendo los dedicados a Dionisio y Serapis. El historiador Alberto Manguel relata que en el año 415, el patriarca Cirilo ordenó a una multitud de jóvenes cristianos entrar a la casa de la filósofa y matemática pagana Hipatia y arrastrarla a la plaza pública, para cortarla en pedazos y quemar sus restos ante la multitud; más allá de despertar el temor natural ante semejante atrocidad, Cirilo trataba de crear un efecto profundo en la conciencia religiosa de la gente, para imponer, desde el púlpito, una sola forma de concebir al Dios de la Cristiandad y una sola forma de interpretar las escrituras sagradas.

Mientras veo nuevamente las imágenes de la destrucción del acervo del museo de historia de Mosul, pienso que no hemos aprendido nada de la historia.

parte de quienes debemos seguirlas.