Hormigas

Toromaquia

En días recientes, acudí a la presentación del libro "Toromaquia", del periodista y dibujante Alfonso Lara. El libro es una recopilación de composiciones líricas con especial predilección por la loa y el verso libre rimado. El acto se llevó a cabo en una de las salas del museo-taller Luis Nishizawa, que dirige Úrsula Cotero García Luna, en Toluca.

Su lectura es una entretenida inmersión en el detallado universo de la tauromaquia, pues en los versos el poeta extiende su hondo conocimiento de la historia de esta disciplina, que es también la historia del drama mortal y estético a la vez de los matadores mayores de la Fiesta Brava, tanto como de los torerillos, picaores y banderilleros mexicanos y españoles, revolucionarios, creadores y artistas, que hicieran lucir la Fiesta a los ojos del gran público hasta el fin de la última época de oro del toreo de los cuarenta.

Si toda lectura es un espacio para la creación propia, con este pequeño libro, auspiciado por el periódico El Pulso del Estado de México en agosto de 2016, es posible recrear la corrida de antaño y escuchar la voz unánime de la tribuna al paso de las bayetas, guiada por la mano prodigiosa del artista que con su mano enhiesta despierta el fervor de encantamiento del público, con el que se enriquece el juego de la vida y la muerte en el coso.

El toreo es símbolo de nuestra suerte. Acudimos a los toros para saciar una ancestral sed de sangre, con la cual satisfacemos deseos de venganza o revancha colectiva, manifestadas por ejemplo en nuestra fascinación inconsciente por la violencia y la muerte; a veces tenemos suerte y vemos triunfar al torero; otras, vemos triunfar al astado. Hay un gesto metafísico en ese acto ritual: ganamos o perdemos la humanidad a cuya libertad nos acogemos cuando decidimos ir a la corrida; parecería una apuesta ganada de antemano, pero no es así: en ese juego el torero pierde más de lo que gana; a su fama de valentía indómita, sigue con frecuencia la derrota del matador solitario que abandona la plaza sin una sola gota de respeto, salvo el que cultivó en sus primeros lances, antes de la rechifla.

De ello nos habla Alfonso Lara, cuya pluma vuela, al mismo tiempo, con la rapidez de la viñeta y la parsimonia del verso escrito en toriles. Su saber enciclopédico, su adhesión al toreo de la legua, su devoción a la Fiesta, su sencillez para contar, en crónicas rimadas, las hazañas cuasi olvidadas de los matadores mayores... todo abona a hacer de este libro una curiosidad editorial que cualquier taurófilo sabrá apreciar.