Hormigas

Ortografía

Un joven va por las calles de la ciudad de México colocando acentos gráficos en las palabras que los omitieron. Se detiene en el puesto de Isabel Ramírez Pardo, en la colonia Condesa, quien al anunciar sus árboles miniatura omitió la tilde; luego se dirige al rotulista de la calle Benjamín Hill y luego al de la calle Cosalá. Pablo Zulaica Parra no terminará pronto, pero está contento porque cumple una obsesión: colocar la tilde donde debe ir. Abrió una bitácora (http://acentosperdidos.blogspot.mx) para relatar sus experiencias y tiene muchas visitas, además de numerosas aportaciones, las más de las veces chuscas, porque a eso llega, desafortunadamente, la descortesía de no acentuar como se debe.

La empresa de Pablo es la ortografía, y su relativo éxito proviene del efecto momentáneo de su sorpresiva acción. El ortógrafo despierta en los demás una actitud de corrección semejante al que inspira el juez o el agente tránsito: un espontáneo apego a la corrección y al respeto de las normas... o una irreverente rebelón contra ellas. Sin embargo, ese breve impulso desaparece con las horas, para esfumarse por completo al día siguiente.

La insufrible prueba de tolerancia que nos une como mexicanos es la que toca a los fallos ortográficos: muchas personas piensan que si el rotulista omite la tilde en su negocio, hay que comprenderlo; que si los profesores siguen creyendo que las mayúsculas no se acentúan y así lo transmiten a sus alumnos, así debe estar bien; que si los diarios no acentúan mayúsculas porque aducen que va contra su diseño gráfico, no importa, de todos modos se entiende. Somos tolerantes. No, somos indiferentes, porque en el germen de esta "tolerancia" es la renunciación a comunicar con eficacia. Un extremo de la ley del menor esfuerzo es pronunciar lo mínimo para hacerse entender, y apoyarse, si es necesario, en ademanes o repeticiones; por eso admiro a los locutores de radio y a los escritores: sólo usan la palabra hablada o escrita, sin lenguajes suplementarios.

La ortografía es el resultado de la unificación de la lengua. Cuando nació el idioma español, hablantes de una u otra región escribían como se oían las palabras, y les otorgaban a éstas variados significados. Fue el Diccionario de Autoridades, publicado a principios del siglo XVIII, el primer resultado de la máxima que se impuso la Real Academia de la Lengua Española, fundada apenas en 1713: limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua de Calderón de la Barca, Cervantes, Lope, Gracián, Góngora, Quevedo y San Juan de la Cruz, quienes ya se habían adelantado en la tarea.

Han pasado tres o cuatro siglos desde entonces; la lengua sigue cambiando: necesita ortografía. ¿Nosotros necesitamos de ella.