Hormigas

Oh, maestro

"Es de bien nacidos ser agradecidos", suelen decir nuestros mayores para recordarnos la importancia de saber reconocer a quienes nos han ayudado en alguna parte del sendero de la vida. Bien puede aplicarse el agradecimiento a los maestros, cuya guía puede ser determinante en las decisiones de su alumno. Acaba de pasar una fecha significativa para ellos y por eso dedico estas breves palabras al tema.

Todos tenemos al menos un maestro de alta insignia, que cumplió su magisterio altruista en la oscura noche de nuestra ignorancia. Si bien el maestro es una persona, para muchos también puede serlo un autor de libros, un amigo, una espontánea anécdota, una experiencia familiar...

Todo cuenta en el camino del conocimiento propio y del mundo. Mi catálogo de admirados mentores de la academia y de la vida es amplio y no haré perder el tiempo del lector enumerándolo; me interesa decir que las estrategias de mis maestros me dieron la oportunidad de transmitir conocimiento y experiencia a otras personas, con lo cual, me parece, pude rendir mi mejor reconocimiento a los modelos de infinita estima que me precedieron en su compromiso de enseñar. Pienso, sin embargo, que si bien el maestro es un ente inmóvil en el tiempo de nuestro agradecimiento, no así los conocimientos que comparte y enseña. Hoy, quienes fuimos alumnos tenemos la obligación de ser maestros en nuestra brevísima existencia.

Uno es maestro si buscamos ser el mejor hacedor, el más responsable, el más congruente cuando de sólo vivir se trata. Vivir. Ser congruente. Ser responsable. Parece fácil. Tengo para mí que ser guía implica la convicción de estar concentrado en el camino de ser a plenitud, en concordancia con lo que es transmitido como conocimiento: porque no hay mejor enseñanza que el ejemplo, y nada enseña mejor que aquello vivido como propio.

En las entrañables reuniones de mi juventud, cuando todo parecía más sencillo, el poeta mexicano David Huerta me regaló lecciones que fueron definitivas para mi formación. Me hizo comprender que un maestro está en todas partes, al margen de academias y títulos incluso, y me insistió en que sólo hace falta tener ojos y oídos para identificar las enseñanzas que nos imparte. Vuelvo la vista al funeral de mis afectos, y entiendo que los maestros no parten nunca de nuestro lado: soy aquello que me enseñaron y aprendí. Desde entonces, trato de honrar esa sentencia todos los días.