Hormigas

Historia

Desde niño, uno se procura aficiones. La mía fue leer. Aprendí a hacerlo en las historietas de la colección "Joyas Literarias Juveniles" que la editorial Bruguera puso en circulación en los setentas y que en México adquirieron notable éxito, tanto por la maestría de los dibujos de José María Casanovas Magrí, Juan García Quirós y Vicente Torregrosa, como por los guiones, ahora lo sé, de noveles escritores de entonces, como Andreu Martín.

Ahí leí las historias adaptadas de Julio Verne, Charles Dickens, Emilio Salgari, Alejandro Dumas, Charles Harrison, James Fenimore Cooper, Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe, Mark Twain, Walter Scott y Lewis Wallace, entre muchos otros autores cuyos personajes poblaron mi galaxia personal de filiaciones.

Hasta hace algunos años, tuve algunos de los 272 títulos editados, que fueron mi ruta de iniciación en la saga de Sherlock Holmes, escrita por Arthur Conan Doyle, o la de Hércules Poirot, nacida de la mano de Agatha Christie; como ninguna otra, recuerdo mi lectura de la obra de Edgar Allan Poe, cuyos relatos leí en abismales tardes de transformación emocional, intelectual y psicológica.

Siguieron las revelaciones de Michel de Montaigne, Sigmund Freud, Virginia Woolf, James Joyce, G. K. Chesterton, Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Eduardo Mallea, Manuel Puig y Carlos Castaneda. Para entonces, ya era un devoto lector de poesía, gracias a las antologías de Francisco Montes de Oca, Moisés Ladrón de Guevara y Gabriel Zaid, y las revisiones de la obra de T. S. Eliot, Arthur Rimbaud, Alfonso Reyes, Rubén Darío, Octavio Paz y Ramón López Velarde. Esa constelación se alimentaría después con los poemarios de Idea Vilariño, José Carlos Becerra y David Huerta, maestros que me guiaron, sin ellos saberlo, en el camino de escribir versos. Desde entonces, muchos otros autores se suman a la lista.

Se lee, luego se escribe, porque son dos placeres naturalmente asociados. Escribir es la ambición de prolongar y así multiplicar la experiencia estética de la literatura y el arte; para mi fortuna, conocí personas con las que compartí esta afición; pintores y músicos, bailarines y fotógrafos, gente de teatro, escultores, lectores, escritores, periodistas y profesores de literatura, de filosofía, de historia, a quienes escuché también argumentos, sentencias, disquisiciones, soliloquios que me formaron en la redacción de crónicas, reseñas, presentaciones, entrevistas, comentarios...

Pero más allá de todo, está mi satisfacción de estar en diálogo permanente con una comunidad de lectores. Ahí están mis amigos y mi familia, pero también personas a las que estimo por el simple hecho de que tenemos algo en común: un libro. No importa dónde estemos, todos habitamos ese espacio sincrónico y diacrónico que describió por primera vez en el siglo XIX el maestro Ignacio Manuel Altamirano: la República de la Letras.