Hormigas

Fantasmas letrados

"Muerte puta, muerte cruel, muerte al pedo, muerte implacable, muerte inexorable, misteriosa muerte, muerte súbita, muerte accidental, muerte en cumplimiento del deber".

Oliverio Fernández

Dicen que es el mejor agente de ventas, pero como diría Juanga: ¡qué necesidad! Hace algunos días me entró la nostalgia. Eso y un poco de necesidad por regresar sobre mis pasos para visitar a algunos canchanchanes que ya se han ido de mineros. Y que justamente por esa méndiga y pálida dama ya no se les puede ver ni escuchar "in flesh". En mi estado catatónico no hubo más remedio que acudir a esa memoria colectiva llamada YouTube, para rescatar algo, no digo demasiado, de los sonidos que de otra forma serían parte exclusiva del recuerdo.

Buscaba a Germán Dehesa, necesitaba que me contara algo, una historia, lo que fuera, con tal de entender esta matraca realidad que a veces (casi ni sucede) nos aporrea bien y bonito. Y gratamente me encontré con él, ataviado en su papel de histrión de farsas y comedias. El show se llamaba "Seis tandas por un boleto" y en el sketch se daba vuelo con esa crítica manchada y exquisita contra el sistema y los usos y costumbres de la "polaca".

Con jacarandosa alegría y un florido español me hizo la noche, junto con aquel desliz escénico titulado "Para leerte mejor Sabines", donde narra una anécdota del poeta chiapaneco, en medio de las ocurrencias triviales que podrían ser propias de cualquier hijo de vecino, pero que cuando las protagoniza un personaje de leyenda tienen un impacto contundente. Una cosa me llevó a la otra y cuando me di cuenta ya estaba releyendo sus columnas del Reforma y hasta escuchando a Adriana Landeros, la esposa de quien, en pleno escenario declaraba ser Germán De-hesa.

Hasta ahí todo en orden. Pero tuvo que llegar el lunes y que le caen moscas al pastel. La parca se cargó a Galeano, cardiólogo de las venas abiertas de una Latinoamérica que apenas se enteró de su muerte ya le estaba extrañando. O al menos así lo sentí, yo que tan ¡mi vidooo! he andado estos días. No se vale, la muerte tendría que entender que no puede ser tan "ay-así". Habiendo tantos hijos de suripanta regados por el mundo, contendiendo por huesos políticos o haciendo el mal sin tregua (o ambas cosas), tenía que llevarse a mi compadre Eduardo. Porque así se siente cuando alguien entrañable se va.

Y entonces que me vuelve la nostalgia y que me clavo en la textura de la necrología literaria. Y que los fantasmas se empiezan a formar uno tras otro para venir a saludarme. Ahí estaba en primer lugar Sabines, causante de aquellas lágrimas de finales de los noventa. Y Benedetti, quizá el más entrañable de todos y, por ende, el que (aún) más duele. Y por supuesto Dehesa; Monsiváis y sus "Días de guardar", sus Caifanes, Los Tepetatles y los escarceos con la cultura de la grey astrosa (la raza, pues).

Y El Negro Fontanarrosa, con Inodoro Pereyra, Boogie El Aceitoso y esas historias de la patada y el balón; y José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, Café Tacvba y el bolero Obsesión; El Gabo y su Macondo, con todo y Óscar Chávez; Ernesto Sabato y su Túnel, y Juan Gelman desde El lado oscuro del corazón. Y todo de golpe y porrazo. Todos los fantasmas reunidos, juntos pero sin prisas, porque como diría Joaquín Sabina, a las misas de réquiem no me he acostumbrado.