Hormigas

Falacias sobre las reacciones del lector

Casi al final de "Una historia de la lectura", el extraordinario y amoroso libro escrito por el historiador argentino-canadiense Alberto Manguel a lo largo de siete años sobre las diversas nociones de ser lector que registra la historia, encuentro una breve alusión al profesor estadunidense Jonathan Rose, que en su "Prólogo a la historia de los lectores" de 1992 sostiene cinco falacias habituales sobre las reacciones del lector; cito textualmente:

Primera: toda literatura es política, en el sentido de que siempre tiene influencia sobre la conciencia política del lector.

Segunda: la influencia de un texto determinado es directamente proporcional a su circulación.

Tercera: la cultura "popular"tiene muchos más seguidores que la "alta" cultura, y por lo tanto refleja con mayor precisión la actitud de las masas.

Cuarta: la "alta" cultura tiende a reforzar la aceptación del orden social y económico vigentes (una suposición ampliamente compartida tanto por la izquierda como por la derecha).

Quinta: sólo las élites sociales definen el canon de los "grandes libros". Los lectores comunes o bien no reconocen ese canon, o de lo contrario lo aceptan solo por deferencia a la opinión de la élite.

Hasta aquí la cita. Confieso mi sorpresa porque, de una manera u otra, a lo largo de mi vida yo mismo he apoyado al menos una de estas afirmaciones, sin considerar algo que Rose advierte: la devoción a la lectura nos impide criticar el papel del lector en la confección del cúmulo de ideas que, al reverenciar el acto de leer, ocultan su valor central: liberarse de todo prejuicio sobre éste y otros temas.

Las generalizaciones son odiosas, pero si leemos con atención las falacias de Rose tendremos que reconocer que las practicamos con la frecuencia que justifica el mote. Alrededor de los libros hay conductas políticamente correctas, como almacenar libros sin leerlos, adornarse con ellos en las conversaciones o asumir que el solo acto de leer da prestigio social, situaciones que autores como Juan Domingo Argüelles nos han indicado con claridad; sin embargo, la reflexión de Rose va más allá: señala los maniqueísmos históricos y prejuicios de la práctica de la lectura, en aras de la verdad más objetiva. Aquí también cabe cuestionarse lo obvio, y se vale dudar para encontrar nuevas respuestas.

Y por favor, este señalamiento no descalifica a la lectura: nos pone en alerta sobre lo que pensamos inconscientemente de ella. Es sano cuestionarse siempre, porque de esta manera ejercemos la facultad de saber más, lo cual nos ayuda a vivir en plenitud… ¿O no?