Hormigas

Coloraciones al natural

En la Colección Mayor de la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario se publicó hacia finales de 2007 un libro que hoy tiene una enorme vigencia: Tintorería mexicana, del maestro Raúl Pontón Zúñiga, una investigación ejemplar que en 1998 obtuvo el Premio Tenerife al Fomento y la Investigación de la Artesanía en España y América.

Con la sencillez y la precisión del erudito, Pontón Zúñiga describe la variedad de colores vegetales —e incluso de animales, como la grana cochinilla o el caracol púrpura— con las que se pueden entintar fibras naturales; se detiene a explicar las técnicas para colorear lana, algodón, seda, rafia, madera, majahua y pita mediante procesos orgánicos, y concluye con la exposición de distintas aplicaciones de los colorantes naturales, como el teñido de pulpa para hacer papel.

En las casi 200 páginas de este libro conocemos las diferentes formas de extraer y aplicar el color natural a distintos materiales orgánicos, entre anécdotas que nos permiten ponderar la importancia de este conocimiento entre las comunidades indígenas de México y de otros países de América Central. Ante nuestra vista pasan la corteza y agallas del encino, el roble, el aile, el mangle colorado, el guamúchil, la parota, el cascalote, el coco, el aguacate, el pirul, el nogal, el frijolillo, el tepemezquite y los líquenes; el palo de Campeche, el palo de Brasil, el bejuco, el añil, el muitle, la mora, el pericón y la gualda; un amplio catálogo de fibras, como la palma jipi, la rafia, la majahua, el algodón, la seda, la lana y los químicos que les dan tonalidad, brillantez y fijación a los colorantes, como el alumbre, el vinagre, el jugo de limón, el óxido de hierro, la sal, la cal, la ceniza, el nejallo o agua de maíz cocido con cal, los orines fermentados y el bicarbonato de sodio.

El propósito esencial del maestro tintorero es reivindicar el conocimiento ancestral de las comunidades indígenas, que aprovechan los recursos de la naturaleza para satisfacer su necesidad de vestido y, con ello, de producir belleza sin afectar el medio ambiente. Y sobre todo, está la vocación de perpetuar el conocimiento indígena que sirve para transformar los recursos renovables en materia viva, portadora de cultura.

Una vez que uno termina este libro de provechosa lectura, queda la impresión de que Raúl Pontón Zúñiga es, antes que nada, un enamorado del color. Así lo percibí desde la primera vez que lo escuché hablar, en julio de 2006, en una conferencia que él dictó en el Museo de Culturas Populares, en Toluca. A su manera, este maestro artesano ha profundizado en la sabiduría de los pueblos para satisfacer su propia necesidad de conocer los colores que, hoy lo sabemos, dan sentido a nuestra identidad; con ello, ha logrado revelar ante nuestra vista un amplio sustrato de nuestro ser contemporáneo; de ahí proviene, estoy seguro, el gran respeto que nos merece: con él pervive la necesidad de no olvidar nuestro pasado, que nos da plena existencia.

El deseo de trascender que nos es común a los seres humanos ha encontrado expresión en este antiguo oficio de teñir fibras naturales con materiales orgánicos, cuyo uso honra nuestro paso por la Tierra y nos ofrece la riqueza de un saber quizás escindido por la llegada de los colores artificiales; una lección que no podemos olvidar y que Tintorería mexicana, de Raúl Pontón Zúñiga, nos ayuda a tener presente.