Hormigas

Para Alina

Tiempo de recogimiento, meditación y silencio. De pronto, la música del compositor estoniano Arvo Pärt (1935) inunda sutilmente la sala. Lo que antes era silencio, hoy es un largo pensamiento de horas profundas en las notas del piano. "Para Alina", se llama este fragmento del sueño, interpretado por primera vez en 1976, durante un recital en Tallin.

'Simplicidad' es la palabra que mejor define a esta composición. Al escuchar música, el silencio adopta un papel significante. Ya estaba ahí, pero se adelanta para ser plenamente. No tiene nada que ver con el silencio del que no quiere hablar, ni con el silencio derivado de otras "vivencias psíquicas", como las llamó el narrador y ensayista Alejandro Rossi (1932-2009) en su inolvidable soliloquio "La significación del silencio": el enojo, el asombro, la tristeza. Ni siquiera puede semejarse al silencio de la naturaleza, donde no pasa nada, según la enseñanza china sobre aquel crujido natural de la rama, que nunca existió porque nadie hubo para presenciarlo.

El silencio de la música es, sobre todo, un espacio físico donde no se escucha nada, pero en el que sucede la música, como si la ausencia de sonido fuera, sencillamente, otro sonido. Ahí cabe inscribir la intención del intérprete, no lo dudo, pero también una noción que lo vuelve trascendente: el tiempo real.

No me refiero al tiempo de las tres de la tarde. Pienso en el tiempo sagrado de la revelación interior, ahí donde descubrimos el fluir de nuestra verdadera esencia, sin horas, sin demoras, sin palabras, en comunión con el yo que somos; tiempo que está más allá del pensamiento, las teorías y el análisis... más allá de las palabras.

Las categorías de tiempo y espacio evocan en nuestro pensamiento concepciones previas, formadas por la experiencia; es decir, se agotan en cuanto las escuchas. El tiempo sagrado de la música, en cambio, no exige explicaciones, sólo la atención a lo que emana allá en lo profundo. La música de las esferas a que aludió Pitágoras, el diapasón del corazón de López Velarde.

Arvo Pärt lo propicia. Originalmente dedicada a un par de jóvenes, esta composición para piano logra una profunda elocuencia a partir de la simple y minimalista conjunción de dos melodías, interpretadas en un tempo despacio y meditativo; en esa pequeña unidad musical Pärt encontró respuestas y nos conmueve. Las respuestas que cada uno encuentre, eso sí, quedan inscritas en la fortaleza del espíritu... otra palabra inexplicable.