Quiénes y por qué

La dignidad encontrada

Escribir y decir lo que se sabe, ha sido y es un oficio de suicidas, poner el tiempo, la hombría sobre la mesa, lo que significa no traicionarse a sí mismo, “ser” y que no haya diferencia entre lo que se habla y lo que se piensa, sostener con el cuero lo que se dice con el pico, es una tarea de guerrero águila o una disciplina de samurái, me refiero a la dignidad de un ser racional, que consiste en el hecho de que él “no obedece a ninguna ley que no sea instituida por él mismo”, tener un valor que no tiene precio, que no puede ser comprado.

La función social del pensador es crear conceptos que antes de él no existían o se expresaban de una manera poco accesible para alguien que tuviese una cultura general. Es una manera de recordarle a los demás de que en esta realidad se ha perdido la magia, de que el mal no es de ahora, de que siempre la humanidad ha estado así, sólo que en éste presente es más grave. Al repasar la historia, nos damos cuenta que nos hemos divididos unos contra otros, y no se trata de que todos pensemos igual, porque eso no ayudaría a que una sociedad crezca, sino a que se acepten las diversas opiniones y de esa alquimia lograr el fin común, que es restituir la dignidad humana.

Es necesario saber, que al menos en este planeta, la dignidad ya viene puesta en la vida de cualquier persona, es una cualidad, un don, un talento, una virtud, o si prefieren, una vocación (un llamado),que se puede y debe rescatar ante cualquier circunstancia, sobre todo en la más adversa, desde la más compleja a la más sencilla.

Si hablamos de un ideal, este debe ser llevado a cabo con dignidad; porque es más fácil dejarlo en el camino y vender muy barata la conciencia. Si nos enfrentamos al desamor, sea de pareja, de hijos, de padres o de amigos; también hay que saber llevar con dignidad ese sentimiento.

Si experimentamos la prepotencia de los que ejercen el poder, más allá de los valores, está la dignidad como la columna vertebral de lo humano, su lucha de altura: las convicciones, la honestidad, la conciencia. Por eso, no es en vano y aunque parezca absurdo, recordar que la dignidad existe, que tiene que ver esencialmente con la belleza de cualquier persona y también con la fealdad existencial de quien la pierde.

La dignidad no debe confundirse con soberbia, ni orgullo, ni terquedad; porque el paso de los años, nos demuestra que la belleza es fugaz, que la muerte es la única certeza del porvenir, que el dinero no sirve en el más allá; que el cuerpo está sujeto a los imponderables de la enfermedad, y que la única verdad que nos puede sostener, más allá de la ramplonería, de la violencia, de la idiotez organizada, es ella, nuestra maltrecha dignidad.