Visión Social

No robarás

Las dos palabras del séptimo mandamiento encierran un contenido de muy amplias repercusiones sociales. De hecho gran parte de los problemas de México, y de muchos otros países, consisten en la difusión en todos los niveles de la sociedad de la práctica de apropiarse de los bienes ajenos contra la voluntad de sus dueños. La gama va desde robos pequeños, a veces dentro de una misma familia, hasta grandes robos perpetrados por políticos o empresarios poderosos, incluso más allá de los límites de un Estado.

La prohibición de robar supone el derecho de alguien a poseer algo, pues tomar lo que no pertenece a nadie no es robo. Por ello, para entender mejor la prohibición, conviene poner atención en que este derecho se apoya en la necesidad de crecimiento, desarrollo y perfección de las personas. Todos necesitamos cosas para nosotros mismos y para convivir con los demás, de modo que la propiedad permite poner en acción muchas de las decisiones personales. Un hombre sumido en la miseria tiene serios obstáculos contra su libertad.

Así como la libertad humana tiene sus límites, fuera de los cuales se destruye a sí misma, el derecho a la propiedad no puede ser ilimitado. El hombre es un ser social y el desarrollo y perfección de cada uno se encuentra en una dependencia necesaria respecto al desarrollo y perfección de los demás. El destino de los bienes de la creación es universal y, por ello, el derecho de propiedad no es absoluto. Consecuentemente corresponde a las autoridades constituidas en el Estado regular razonablemente el derecho de propiedad en orden al bien común.

Para todos es claro que no es lícito tomar o retener lo que pertenece a otros. La primera imagen que nos viene a la mente al hablar del robo es la del ladrón que roba carteras o que roba objetos de las casas u otros casos similares. Pensamos también en los casos de quienes no les pagan a otros lo que les deben o no les cumplen un contrato. En este tipo de casos se trataría en general de ofensas contra la justicia conmutativa.

Pero el problema del robo puede adquirir, y de hecho ha adquirido, dimensiones mucho más graves, pues se engloban aquí también ofensas contra la justicia social y contra la justicia distributiva: contra la justicia social porque hay quienes disfrutando de un grande poder económico encuentran las vías para incrementarlo en perjuicio de la propiedad de los que tienen menos; contra la justicia distributiva porque algunos revestidos de autoridad por el cargo que ocupan en las estructuras del Estado se apropian de aquello que está destinado a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades.

Se deben añadir también las faltas contra la justicia legal, es decir, cuando los ciudadanos no aportan los bienes que deben a la comunidad, deber sobre el que desgraciadamente no existe mucha conciencia.

El robo no se remedia tan solo dejando de robar. Por ley natural el daño a la justicia exige la reparación, de modo que quien ha robado está obligado a restituir los bienes de los que se ha apropiado indebidamente. Para lo católicos esto tiene una otra consecuencia importante: si alguno va a confesarse de haber faltado a este mandamiento, no puede ser absuelto de su pecado si no está dispuesto a devolver lo robado a su legítimo dueño.