Visión Social

El progreso

Cuando Juan Pablo II visitó los Estados Unidos de América en 1979, fue también a la sede de la ONU. El 2 de octubre, aseguró en su discurso que la "Declaración Universal de los Derechos del Hombre", proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, constituye "una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad".

Juan Pablo II en ese discurso quería destacar la importancia de no medir el progreso de la humanidad sólo por el "progreso de la ciencia y de la técnica", sino "por la primacía de los valores espirituales y por el progreso de la vida moral".

Nuestro país junto con todos los otros en el mundo, se encuentra ante disyuntivas de primera importancia, precisamente en el ámbito del "progreso moral". Sobre todo, debemos darnos cuenta que las cuestiones capitales giran en torno al respeto a la vida, desde el terrorismo hasta el aborto, y a la promoción de modelos económicos más justos y más respetuosos de la "casa común".

Las posibles soluciones suponen dos niveles: uno científico-técnico y otro político y moral, ambos conectados íntimamente. No pueden descartarse los argumentos morales y sustituirlos por argumentos supuestamente científicos, porque ninguna ciencia positiva puede sustituir el juicio moral, aunque a su vez este último no puede prescindir de los conocimientos científicos y de las posibilidades técnicas. Con la ciencia se pueden explicar mejor muchas cosas, no todas, y con la tecnología se puede incluso salvar la vida de alguien, pero puede también servir para destruirla.

No puede haber soluciones técnicas o científicas de fondo para los grandes problemas, porque el verdadero problema de fondo de la humanidad de hoy, y de siempre, es ante todo un problema moral. La cosa se evidencia claramente, por ejemplo, cuando pensamos en las guerras, que cada día más permiten vencer a quienes técnicamente llevan ventaja; pero creo que para todos debería estar claro que esto no necesariamente implica que la opción moral del vencedor es la buena.

El hombre de hoy necesita saber qué está bien y qué está mal. Si es capaz de penetrar en el código genético propio y en el de otros seres vivos, o si es capaz de explorar Marte, o fabricar computadoras u ordenadores cada vez más potentes, nada de ello lo exime de tener que decidir sobre el bien y el mal. ¿Es lícito acabar con la vida de otros seres humanos? ¿Es lícito que unos pocos cada vez se hagan más ricos y muchos apenas logren sobrevivir con casi nada? ¿Se puede matar inocentes en aras de una ideología, incluso religiosa?

Estos problemas nos atañen a todos, no nada más a los políticos y los grandes encargados de la economía. El bien y el mal para las personas y para sus familias se juega en muchas de las decisiones sobre estos temas. Democracia debería significar participación cívica y política más allá de las jornadas electorales, promoviendo cuanto sea de provecho para todos y buscando que se descubran y respeten los verdaderos derechos humanos.