Visión Social

Los mandamientos hoy

Desde pequeños hemos oído hablar de los mandamientos que, según el libro del Éxodo, recibió Moisés de parte de Dios en el monte Sinaí. Ellos son un compendio privilegiado de la ley natural, enseñando los deberes esenciales y, con ello, los derechos fundamentales inherentes a los seres humanos.

Decir que son compendio de la ley natural significa que con ellos estamos tratando un tema que pertenece ante todo al campo natural, es decir, que no es un campo exclusivo de la fe. Si bien forman parte de la revelación en cuanto comunicación de Dios que podemos propiamente creer, su contenido en sí no lo forman básicamente verdades fuera del alcance de la razón.

En otras palabras, aun quienes no tienen fe pueden descubrir la verdad contenida en ellos, como lo muestra el hecho de que no son solamente los cristianos quienes consideran malo el robo, por ejemplo. Muchos pueblos y culturas coinciden en los mandamientos porque son expresión de una ley que todo hombre tiene la capacidad de conocer.

Los mandamientos comprenden dos vertientes, por así decir, una relativa a Dios y otra relativa al prójimo. La conciencia de cada uno suele poner la persona y sus decisiones de cara a lo trascendente e infinito, incluso cuando algunos optan por negarlo, cuando se proponen las grandes cuestiones del sentido de la vida, de la felicidad y del sufrimiento. De la misma forma, cada uno tiene que confrontarse con la realidad de los demás, que son sus semejantes y sus prójimos, de ahí que la cuestión social sea inseparable de los mandamientos e inseparable, por lo mismo, de la ley natural.

Los mandamientos, que no son simples prohibiciones, impulsan a una praxis que se desarrolla caminando por los senderos del desarrollo humano en la justicia y la solidaridad. En la perspectiva de la ley natural no es posible agradar a Dios, o abrirse a la trascendencia, si no se tejen adecuadamente las relaciones sociales. Así, la expresión "no robarás", es el establecimiento de un límite exigido por el reconocimiento del otro, de su libertad, de su trabajo y de sus relaciones.

Transformar las relaciones sociales según las exigencias del bien común es una tarea para la que, por otra parte, no hay recetas predeterminadas. Cada generación debe responder en su tiempo y en su lugar tratando de descubrir las respuestas adecuadas, que no siempre son las mismas de las generaciones precedentes, ni lo serán las de las futuras. Sin embargo, no puede olvidarse que la dinámica de cualquier renovación debe estar fundamentada en los principios que derivan de lo que el hombre es en esencia. No podría constituirse una sociedad donde fuera lícito matar o robar, aunque esa fuera la opinión mayoritaria.

La libertad implica una referencia moral que precede y da unidad a los derechos y deberes y los mandamientos manifiestan esa referencia. La inteligencia que nos permite conocer lo que debe hacerse y lo que hay que evitar es un presupuesto de la acción responsable y propiamente humana. Porque somos libres somos también responsables. Proponer una presunta libertad absoluta e incondicionada, sin mandamientos, acabaría destruyendo la única libertad que realmente poseemos y nos convertiría en esclavos.