Visión Social

El hombre y la mujer

La vida de los seres humanos se desarrolla socialmente y de ese modo cada persona puede alcanzar su realización y sus metas. La sociedad, a su vez, no es un simple agregado de individuos, sino una compleja red de relaciones de unos con otros que dan origen a diversos niveles de fenómenos asociativos y agrupaciones, donde el más elemental es la familia que, justamente, es llamada la célula básica de la sociedad.

La familia se constituye sobre el fundamento del matrimonio, de donde surge naturalmente. Ella se caracteriza por ser el lugar propio donde acoger la vida humana que comienza, donde se cuida, donde se posibilita su desarrollo y se pueden afianzar vínculos sólidos y duraderos entre las personas, que suelen perdurar no obstante el tiempo y las distancias.

Las diversas realidades asociativas que comprende la sociedad permiten la implementación ya de actividades culturales, deportivas, religiosas u otras muchas. Gracias a la afectividad humana se tejen a lo largo de la vida también los vínculos de amistad y cooperación indispensables para todos y cada uno de nosotros; pero solamente en la familia la fecundidad encuentra su ámbito propio.

La fundación de la familia no puede prescindir del matrimonio que es el centro de su fecundidad porque las dos personas unidas en él, el hombre y la mujer, son complementarias a nivel biológico, ante todo, y también a nivel psicológico y social. La complementariedad biológica es evidente y es lo que garantiza la permanencia, en este caso, de la especie humana a lo largo del tiempo.

Si bien la dignidad humana en cuanto seres capaces de conocer y amar es la misma para cualquiera de los sexos, no puede ignorarse la complementariedad psicológica, con sus matices y complejidades. Esta se halla estrechamente vinculada a la complementariedad biológica, que no puede darse sin diferencias. En las sociedades estas diferencias se reflejan en sus usos, costumbres y leyes.

Ciertamente los individuos, hombres y mujeres, las familias, los grupos y asociaciones o la sociedad en general pueden ser sujetos de deficiencias, incluso graves. Es parte de la condición humana la posibilidad de elegir incluso el mal. Sin embargo, esto no suprime el fundamento natural de las cosas y de la convivencia humana.

Las personas pueden instaurar entre ellas relaciones sociales y afectivas muy variadas, pero la relación entre un hombre y una mujer que se empeñan para vivir juntos y fundar una familia posee características peculiares y únicas por las cuales merece un nombre específico y una legislación especial, porque es ahí donde se encuentra el principio de la sociedad.

Equiparar al matrimonio otras realidades no es progreso social. Por eso, ante las propuestas actuales, no se trata de negar los derechos humanos de ningún tipo de personas, sino de salvaguardar la identidad del matrimonio como una institución fundamental.

Como seres humanos y miembros activos de la sociedad, no nada más individualmente sino como realidad social, no puede negarse a las instituciones religiosas manifestar su parecer y sus razones en estos asuntos. Con todo en este tema no estamos ante un asunto religioso, porque es antes que nada un asunto de humanidad.