Visión Social

Virtud y vida social


Cuando decimos que una persona es virtuosa a veces nos quedamos en el aspecto "negativo" del asunto, es decir, nos fijamos en lo que la persona no hace. Así, pensamos que una persona virtuosa no roba, no mata, no miente, etc. y, si bien esto es verdad, nos olvidamos de que no basta evitar ciertas conductas para que sea alguien pueda ser considerado virtuoso.

La virtud en realidad implica una fuerza, como cuando en el terreno de la salud decimos que una medicina o un remedio determinados "poseen la virtud" de curar un cierto mal. Virtud significa aquí una potencia que existe en algo para causar sus efectos. De la misma forma, al hablar del obrar humano, "virtud" debería significar para nosotros la capacidad y la fuerza para obrar bien, para producir efectos buenos.

El entender la virtud como disposición constante para las buenas acciones debe tener en cuenta que tal disposición no es una simple costumbre mecánica o una especie de reflejo condicionado que hace repetir un acto como autómatas. Cuando alguien ha cultivado la virtud ha cultivado la capacidad y la fuerza para obrar, de modo semejante a como un deportista se prepara para poder siempre realizar lo que se espera en su disciplina, de modo que llegado el momento tiene la capacidad para actuar, pero si no quiere no participa en el torneo. La virtud no disminuye la libertad, sino que la potencia.

Por otra parte, la virtud, en cuanto ordenada al obrar bueno, no se agota en el bien individual. Una y otra vez hemos insistido en la sociabilidad humana y en la necesidad que todos tenemos de los demás para alcanzar la propia realización. Por lo mismo el ideal de una sociedad es que los miembros que la componen sean virtuosos. Esto significaría que todos producen efectos buenos para los demás, coadyuvando a la consecución del bien común.

Esta conclusión puede y debe extenderse también a la comunidad política y al Estado. Se necesitan políticos virtuosos, es decir, políticos que tengan la capacidad y la fuerza para llevar a cabo obras buenas en este campo. En realidad el político debe echar mano de muchas virtudes, pero sobre todo de la prudencia, que permite hacer el bien contando para el discernimiento con las diversas circunstancias del momento.

Las virtudes se conectan unas con otras y crecer en una ayuda a crecer en las demás, aunque cada una es distinta y exige su propia preparación. Tradicionalmente son cuatro las virtudes llamadas cardinales, porque a ellas de una u otra manera se refieren todas las demás: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Naturalmente existen muchas otras virtudes, como la humildad, la paciencia, la magnanimidad, etc.

Los cristianos hablamos además de otras tres virtudes que consideramos un don especial de Dios, a saber, la fe, la esperanza y la caridad. También estas tres poseen una dimensión social que no se opone sino que refuerza cuanto las virtudes naturales pueden realizar. La virtud, en sus diferentes niveles, es lo que puede realmente hacer cambiar para bien la comunidad humana.