Visión Social

¿Problema político o religioso?

Este Domingo se leyó en las iglesias la pasión de N. S. Jesucristo según san Marcos. Desde el punto de vista humano no es difícil entender por qué las autoridades judías de Jerusalén no veían con buenos ojos a Jesús. En efecto, ellos lo veían como uno que venía de fuera, de Galilea, que había impactado fuertemente sobre el pueblo con sus hechos y su predicación y que no estaba de acuerdo con la manera de llevar las cosas en el Templo ni con las actitudes de los fariseos.

Revisando la historia, hay que recordar que la situación política de la región en aquellos años se iba degradando y se llenaba de tensiones. Había judíos que no estaban de acuerdo con la dominación romana, dispuestos incluso a una sublevación, como de hecho sucedió años después. En efecto, Jerusalén sería destruida en el año 70 durante la Primera Guerra Judeo-Romana (66–73), a la que sucedieron la Guerra de Kitos (115–117) y la Rebelión de Bar Kojba (132–135). El resultado de estas guerras fue desastroso para la comunidad judía. Pero en tiempos de Jesús todavía no se había llegado a una tensión tan grande y los principales de los judíos deseaban mantener el equilibrio. El problema consistía más bien en el éxito "popular" de Jesús, que había despertado la envidia de quienes guiaban la sociedad judía, si bien estaban políticamente bajo la dominación romana.

Una vez apresado Jesús, a los sumos sacerdotes y al sanedrín no les resultó fácil encontrar una acusación para condenarlo, pues las que se presentaban no concordaban, incluyendo la de haber amenazado con destruir el templo. Encontraron el motivo cuando le preguntaron si era el Mesías, a lo que Jesús respondió efectivamente que lo era y que lo verían a la derecha del Todopoderoso. Así, lo condenaron a muerte por blasfemia. Un motivo claramente religioso.

No era suficiente la condena establecida por las autoridades judías, puesto que estando sometidas a la autoridad romana, necesitaban que fuera condenado también en ese foro. Recurrieron por tanto a Pilato, pero ante él la acusación cambió, pues se trataba de ver si Jesús se proclamaba Rey de los judíos. De hecho, aunque el procurador se daba cuenta de que no era culpable, fue este el motivo oficial que mandó se inscribiese en la cruz. Un motivo político.

Las motivaciones oficiales de la condena de Jesús deformaban el verdadero sentido de su mesianismo. Él, como Mesías-Rey no había pretendido acabar con la Ley de Moisés ni arrebatar el poder político a quienes lo detentaban. A través de sus palabras y de sus obras había mostrado el camino auténtico de la relación con Dios y con el prójimo. El Evangelio de Jesús suponía una conversión interior, pero no era "intimista", pues esa conversión tenía consecuencias en el comportamiento al grado de poder incidir en la vida de la comunidad en todos sus aspectos, incluso el político, pero no al modo como lo querían hacer pasar sus acusadores, sino por el testimonio de la verdad y la práctica del amor.

Los creyentes sostenemos que Jesús murió porque voluntariamente quiso entregar su vida por nuestra salvación. Por eso nos unimos al centurión que, al verlo expirar así, exclamó: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!».