Visión Social

Paz y misericordia

En el mensaje para la jornada mundial de la paz de 2016 el Papa Francisco recuerda a Caín que, según cuenta el libro del Génesis, decía que no sabía lo que le había sucedido a su hermano y que no era su guardián. Se nota la actitud en la que no se siente responsable ni implicado. Pero si Caín es indiferente ante su hermano, a pesar de que ambos estén unidos por el mismo origen, Dios en cambio no es indiferente y pide a Caín que rinda cuentas.

El Papa Francisco se fija entonces en que Jesús se ha mostrado solidario con la humanidad en todo, menos en el pecado y que "no se limitaba a enseñar a la muchedumbre, sino que se preocupaba de ella, especialmente cuando la veía hambrienta o desocupada", de modo que "Jesús nos enseña a ser misericordiosos como el Padre". Al fin de cuentas es el amor la medida del juicio divino, amor a los extranjeros, a los enfermos, a los enemigos... para lo cual se pide la conversión en la "que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne".

Con estas premisas, el Pontífice pasa entonces a la definición de uno de los principios de la doctrina social y cita a san Juan Pablo II: "la solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos". La solidaridad es enfocada aquí como una virtud, o fuerza, moral que al mismo tiempo constituye una actitud social.

Dada la naturaleza de la solidaridad, la primera responsabilidad en relación a ella la ve el Papa en el campo educativo, porque "exige el compromiso de todos aquellos que tienen responsabilidades educativas y formativas". Quizá alguno podría haber pensado primero en los políticos, cuya tarea es la de lograr que en la sociedad se alcance el bien común, pero el mensaje menciona primero a los educadores y formadores. La responsabilidad más importante consistiría entonces en la formación de ciudadanos virtuosos, es decir solidarios, que se preocupen de los demás.

En el mensaje se constatan algunos hechos que permiten al Pontífice escapar del pesimismo que podrían acarrear las consideraciones de los grandes problemas del mundo. Menciona primero el trabajo de muchas organizaciones no gubernativas y de muchas asociaciones caritativas, incluso fuera del ámbito de la Iglesia y elogia a sus miembros que con ocasión de epidemias, calamidades o conflictos, cuidan heridos y enfermos, y entierran difuntos (como lo enseñan las obras de misericordia de las que habla el Catecismo).

No deja de reconocer el Papa el trabajo de los periodistas y fotógrafos, que "informan a la opinión pública sobre las situaciones difíciles". Asimismo reconoce el mérito de "numerosas familias, en medio de tantas dificultades laborales y sociales" que "se esfuerzan concretamente en educar a sus hijos contracorriente, con tantos sacrificios, en los valores de la solidaridad, la compasión y la fraternidad". Menciona a los jóvenes que se unen para realizar proyectos de solidaridad, a quienes ayudan al prójimo necesitado. Finalmente el Papa Francisco exhorta a los Estados a hacer gestos concretos en beneficio de las personas más frágiles.