Visión Social

Noveno y décimo

Los dos últimos mandamientos no se refieren a una acción externa de la persona o a sus palabras, sino a una realidad interior. "No desearás la mujer de tu prójimo" y "no codiciarás las cosas ajenas" son preceptos que imponen un límite al deseo y a la codicia, que siendo también deseo, suele indicar sobre todo el que se siente por las riquezas. Si no es con palabras o con acciones que lo manifiesten no es posible conocer el deseo de otra persona.

Si bien ya teníamos el sexto y el séptimo preceptos del decálogo, la adición de los últimos dos nos permite notar que para los seres humanos la raíz del comportamiento se encuentra en un movimiento interior de la voluntad. Cada uno necesita llegar a ser dueño de sí mismo para ser libre. El deseo de la mujer, o del marido si queremos completar, de otra persona, o de sus bienes, supone dos momentos interiores: el primero es una tendencia que se activa, por así decir, por la presencia de un bien hacia el cual se dirige, el segundo es la decisión ya propiamente voluntaria, de hacer propio aquel bien, a menos que un obstáculo externo lo impida.

El mandamiento cobra importancia en el paso a la decisión voluntaria. En efecto, el desorden moral se encuentra en la decisión, no en el sentir la atracción de un bien sensible, utilitario o estético. Entre ciertos animales gregarios, por ejemplo, es simplemente la fuerza la que decide qué individuo se queda con las hembras o con la mejor comida. El ser humano, en cambio, tiene la capacidad de descubrir la dignidad de sus semejantes y, por lo mismo, de subordinar sus impulsos a las exigencias de la justicia.

De por sí, de estos dos mandamientos no se derivan directamente leyes positivas, es decir, establecidas por la autoridad de la sociedad. Así, en los códigos penales no se encontrará una pena para castigar un delito que consista sólo en el deseo. Por eso, sólo cuando el deseo desordenado da lugar a una acción externa puede intervenir la autoridad pública si tal acción constituye una violación de la ley.

Lo anterior es muy razonable pero no significa que la disposición moral interior de las personas no posea relevancia social. Al contrario, el que exista una convicción interna de los miembros de una sociedad que les impone el aprecio y el respeto a los demás es de tal importancia que sin tal convicción no sería posible mantener el orden social, que en ese caso tendría que ser producto exclusivo de la fuerza pública. Por ejemplo, si todos los habitantes de un país pensasen que se permite robar siempre y cuando sea posible evadir la ley que lo prohíbe ("que no te cachen"), no habría policía ni ejército capaz de impedirlo.

En buena medida la solución a mediano y a largo plazo de muchos problemas se encuentra en el redescubrimiento de la dimensión moral de la convivencia social. Las leyes positivas, escritas en un código, son importantísimas y necesarias, pero resultarán siempre insuficientes si no existe la convicción interior y personal al menos de una buena parte de quienes debemos seguirlas.