Visión Social

Moral y quehacer político

La política se distingue de la moral, y de la religión, ciertamente, pero esto no quita que en todo aquello que sea verdaderamente humano hayan de brillar los principios y los valores fundamentales de la existencia humana. Que una cosa no sea lo mismo que otra no significa que no tengan nada que ver.

Así, la política debe ser iluminada por la luz de la moral y no puede escapar a una visión utilitarista y maquiavélica capaz de pasar por encima de la dignidad de las personas y de los pueblos si no es por una intrínseca referencia a la distinción entre el bien y el mal.

En la política existen dos niveles de principios de ordenación, uno técnico, por así decir, y el otro moral, porque la política va entendida como ideal, como forma de vida en común y como actividad al servicio del hombre, ser social por naturaleza y no solo como un conjunto de estrategias para adquirir y conservar el poder de mandar y decidir sobre los demás en el gobierno de un Estado.

La política, en otras palabras, posee su razón de ser en la sociabilidad humana, es fruto de una necesidad, puesto que nadie puede sobrevivir aislado. El ser humano está hecho para la relación y necesita de los demás, a quienes cada uno busca y con quienes establece relaciones de interdependencia.

La vida con los demás, para que sea pacífica y ordenada, es decir, la convivencia auténtica, requiere algo más que la simple coexistencia. Se trata aquí de una exigencia moral que se deriva de lo que el hombre es como tal, como animal racional y sociable, se trata de la necesidad de la existencia de una autoridad política servidora del bien común de las personas y de un orden jurídico que los tutele.

Por desgracia, esta alta consideración de la política no ha gozado de difusión y reflexión suficientes ni en la consideración académica ni en el terreno de la acción política.

En este campo más bien muchos quisieran abdicar de ejercitar el juicio moral. Ya los dramáticos y violentos acontecimientos de su tiempo los interpretaba Paulo VI como una “amonestación para quienes, en nombre del realismo político, quieren eliminar del ruedo de la política el derecho y la moral”.

La pregunta por la moralidad de la política debería estar hoy en el centro de las preocupaciones de los políticos y de los ciudadanos, porque no vivimos en un mundo sin sentido. Por el contrario, puede descubrirse una lógica moral que puede iluminar nuestra existencia y posibilitar el diálogo. Uno detrás de otro, los hechos más graves de nuestro tiempo, en los que se implican millones de personas, renuevan la llamada a una conciencia moral que no puede reducirse al ámbito de lo privado.

La aspiración a la libertad y al desarrollo en un sistema democrático, como esperamos sea cada vez más nuestro sistema político, correría en cambio el riesgo de crear un mito democrático si se considerara a sí mismo, en cuanto modelo político, como fuente de la moralidad, confundiendo el medio con el fin.

En otras palabras, la democracia como sistema y procedimiento debe estar al servicio de la justicia y la dignidad humana, y no al revés.