Visión Social

Igualdad y participación

El Profeta Samuel vivió hacia finales del siglo XI AC, cuando la vida del antiguo pueblo hebreo había cambiado notablemente, desarrollándose en la agricultura y habitando en aldeas y ciudades. Entonces se sintió la necesidad de un rey que lo gobernase a la manera de como sucedía con los pueblos que, en aquel tiempo, se podrían considerar más desarrollados y poderosos.

Pero la idea de tener un rey no era muy aceptada por todos. Algunos pensaban que la propuesta significaba despreciar la soberanía de Dios poniendo a alguien en su lugar, mientras que otros se daban cuenta de la necesidad de un gobierno que los unificara y les diera seguridad. Al fin y al cabo Samuel ungió a Saúl como rey, iniciando una nueva etapa en la historia de su pueblo.

Creo que una de las causas de fondo en la argumentación de quienes no deseaban la posible monarquía era la conciencia ya en aquel tiempo, no solamente de la soberanía de Dios, que como creador está sobre todas las cosas, sino también la de la igualdad de los seres humanos creados a imagen de Dios y, en el caso de los hebreos, miembros del pueblo escogido ¿Cómo podría uno proponerse para estar sobre los demás?

Los argumentos para dar un rey al pueblo, por otro lado, eran sumamente razonables y no es difícil entender que hayan sido convincentes y que Dios mismo avalara la institución monárquica. Cuando, siglos más tarde los judíos perdieron su independencia, el recuerdo del más famoso de sus reyes, David, estaba ya vinculado a una promesa divina, la del Mesías-Rey que vendría a darles de nuevo su lugar y a restablecer la paz.

Jesús de Nazareth se presentó como el Mesías (el Cristo), pero su propuesta no era directamente política, pues no pretendió el gobierno temporal, sino que vinculó intrínsecamente su Reino al testimonio que daba de la Verdad.

Si los cristianos consideramos que Cristo es verdaderamente Rey, sabemos también que no ha venido a establecer un determinado tipo de gobierno en el orden temporal. Este trabajo corresponde a los hombres y tiene que ser definido razonablemente, ciertamente dentro de los parámetros de la justicia, de la paz y del respeto de todos, creyentes o no.

Los antiguos griegos habían hablado ya de las formas de gobierno, de la monarquía, la aristocracia y la democracia. Después de ellos hay un largo camino de la realidad y del pensamiento político. Hoy en día se ha perfilado como más adecuada la forma democrática e incluso la Iglesia Católica, en su Doctrina social, alaba las cualidades anexas a este sistema.

Quizá sea la democrática una buena forma que puede reflejar el dato fundamental presente desde los tiempos del Antiguo Testamento: el de la igual dignidad de todos los seres humanos. Pero todavía hay mucho camino que recorrer. En efecto, no basta que todos tengan derecho a votar, porque la democracia más que votos es participación. Cada ciudadano debería poder hacer llegar su aportación política en orden a la solución de los problemas y a la promoción del bien común. En una verdadera democracia todos los ciudadanos son influyentes.