Visión Social

Dignidad humana y convivencia

Ante las continuas tensiones y amenazas que penden sobre el mundo en que vivimos, conviene recapacitar sobre las bases de la convivencia humana, que se ve tan frágil y amenazada por los ataques de diversos tipos que cada día y en diferentes partes de mundo se perpetran contra ella. En el fondo, no es sólo el terrorismo, ni nada más el narcotráfico, ni los crímenes que ocupan las páginas amarillas lo que mina la convivencia, sino una ceguera de la que aquellos problemas son expresión: la ceguera de la incapacidad de apreciar la dignidad de las personas.

El sujeto, fundamento y fin de la vida social es la persona, racional y libre, poseedora de derechos y deberes. Ella es el centro de las relaciones de convivencia y su naturaleza la inclina a compartir con sus semejantes. A la persona los creyentes atribuimos la capacidad de relacionarse con Dios, su creador, por la fe la esperanza y la caridad. Así, el ser humano no está hecho para vivir en soledad, sino en compañía.

Vivir con los demás no es un castigo o una consecuencia deplorable de nuestras limitaciones, sino aquello que nos abre la posibilidad de ejercer nuestra libertad y, practicando la virtud, de lograr acercarnos a la perfección y a la felicidad. La convivencia va más allá de estar cerca físicamente; consiste más bien en el establecimiento de relaciones recíprocas, que tienen como cimiento la unidad del género humano, que se expresa en el principio de solidaridad.

La convivencia no deriva de una hipotética necesidad de evitar que los hombres se destruyan a causa de intereses contrapuestos, por lo que necesitarían llevar a cabo un pacto social. Ciertamente la convivencia exige que se encuentren caminos para solucionar los conflictos que no faltan en la vida, por los cuales hay que llegar a acuerdos y pactos; pero la sociabilidad humana posee una raíz más profunda, previa a cualquier pacto, pues la convivencia autentica resulta de la integración y de la participación de todos, sobre la base un deber y un derecho: el de vivir vinculados a los demás.

El ser humano, unidad de alma y cuerpo, como persona es alguien único e irrepetible y, al mismo tiempo, con una dignidad igual a la de sus semejantes. Tal dignidad es inalienable, es decir, no es a nadie lícito quitarla, venderla o comprarla, o ignorarla. Por ello sus derechos no dependen de una graciosa concesión política, sino que deben ser reconocidos por toda legislación.

A veces pensamos que en nuestros días los derechos humanos son aceptados como el fundamento ético de la convivencia, pero considerando cómo hoy se quieren hacer pasar por derechos cosas que no lo son, cómo muchas veces la política y la economía se conducen sin ningún criterio ético, cómo se desarrolla y actúa el crimen organizado y cómo persisten en el mundo "fundamentalismos" políticos y religiosos, parece más bien que todavía falta mucho para que sean de verdad universalmente reconocidos y operantes. Si queremos un mejor país y un mejor mundo para vivir y dejar a las futuras generaciones, los hombres de hoy estamos obligados a abrir nuestras mentes y nuestros corazones para percibir la eminente dignidad de todos los hombres.