Tribuna

Legislar también contra chapulines

La necesidad de contar con leyes específicas para advertir o ya de plano contener determinadas irregularidades desde el ejercicio del servicio público, es un asunto que se comenta en todo el país.

Hay los que afirman que sí se necesita legislar de manera particular sobre determinados temas de interés general, con la finalidad de armar a las instituciones de una dentadura bastante afilada para sancionar las faltas, con reglamentos construidos a la medida de las necesidades.

Otro comentario generalizado en la opinión pública es que no es necesario más leyes, las que existen son suficientes, solo hay que aplicarlas, aseveran los entendidos y los no tanto.

Dejar el cumplimiento de ciertos asuntos apelando al sentido común, la lógica, o como se le quiera llamar a eso, no funciona, los hechos así lo ponen de manifiesto.

Derechos humanos, transparencia, rendición de cuentas, son conceptos para los que se debió de crear marcos legales específicos, así como instituciones -en apariencia ciudadanas- encargadas de procurarlas, para que los servidores públicos lo cumplan.

El respeto a las garantías individuales es universal, pero a quienes ejercer el poder hay que enseñarles con manzanas, y recursos del erario, cómo hacerlo.

La transparencia, también es requerida desde un reglamento, cuando por usar dinero público la obligación es inherente a su función, al mismo tiempo que la rendición de cuentas.

Con elecciones en puerta, un tema que está resonando fuerte es el de empezar a meter orden en eso que el vulgo llama políticos chapulines, que se refiere servidores públicos que brincan de encargo en encargo cada vez que hay comicios.

Una ley antichapulines se perfila como la respuesta para evitar que los políticos no terminen en el encargo público que la sociedad les concedió. Legisladores de los distintos ámbitos de competencia, alcaldes, y jefes delegacionales, para el caso del DF, están inundando de licencias al poder Legislativo, porque simplemente a los señores y señoras les gana la vocación de servicio y quieren servir desde otra función cuando ni siquiera lo han hecho en la que hasta hace poco ejercían.

Dejar a la moral de los políticos que cumplan el tiempo a que se comprometen en campañas, no es la solución, está más que visto.