El Desafío del Pensar

Violencia: síntoma o enfermedad

La creciente violencia en nuestro país ha tocado nuevamente a la Universidad Nacional. Ante ello las diferentes instancias universitarias han reunido a sus consejos internos para informarles cuáles serán las medidas de seguridad que la UNAM ha tomado.

Todo eso está muy bien, nadie duda que sea necesario hacerlo. La violencia tiene diferentes expresiones, pero desde la mera burla o acoso, hasta el asesinato, es el síntoma de una enfermedad: el descontento. Este origina el odio y la envidia que conducen a las diferentes formas de violencia.

El descontento social no puede atribuirse a una sola causa, pero parece indudable que las diferencias económicas tienen aquí un papel fundamental. En nuestra sociedad el dinero es lo que garantiza el acceso a techo, comida, bienestar, salud y diversión.

En ese sentido la violencia es un síntoma que si bien debe ser tratado, no acaba con la enfermedad, la cual no es propia de la UNAM sino del país. La absurda distribución de la riqueza en nuestro país ha generado a los individuos más ricos del mundo y también a los más pobres: en México no solo hay pobreza, hay hambre y hay miseria.

Cuando el pobre se cansa de serlo, toma la alternativa que está a su alcance por desesperada que ésta sea. Y una de esas alternativas en México lamentablemente es, hoy por hoy, el narcotráfico. Lo prohibido siempre es un buen negocio; recordemos las grandes fortunas que se amasaron durante la prohibición del alcohol el siglo pasado en Norteamérica.

Ante la violencia se pueden crear más fuerzas policiales y más cárceles. Pero la verdadera solución sería crear nuevas opciones de trabajo y sí: legalizar la droga. Creo que estas dos últimas medidas son las que irían directo al corazón de la pobreza y de la violencia en México.

Para ello haría falta un marco legal que asegurara el uso adecuado de este tipo de productos, lo cual implica un problema político difícil de sortear. Pero si el resultado de ello es disminuir la pobreza, el descontento social y la violencia, urge entonces reconsiderar esta posibilidad con detenimiento y seriedad: nuestros legisladores deben cumplir con un deber nada sencillo, pero más que importante, urgente.