El Desafío del Pensar

Agresión, violencia y mochilas

El laureado etólogo Konrad Lorenz demostró que la agresión es algo natural en todos los seres: la violencia, no lo es. La primera tiene una función en el orden natural; existe solo entre seres de la misma especie y no establece un combate a muerte. Es ritualizada y su finalidad es informar al oponente: “Este es mi territorio, ésta mi comida y éstas, mis hembras: ¡aléjate!”. El ganador logra que sus genes pasen a la siguiente generación, la cual tiene ese sentido creativo. La violencia es diferente: no tiene sentido en el orden natural y se caracteriza por la destrucción. No hay un “¡aléjate!”, sino un “¡muérete!”: es una enfermedad mental.

La agresión se transforma en violencia cuando los mecanismos naturales para regularla dejan de existir. Cada animal posee mecanismos inhibidores de la agresión proporcionales a la fuerza de su especie. Un león necesita mecanismos inhibitorios muy eficaces, o con la más mínima molestia mataría a su familia, ya que su fuerza mandibular y sus garras son muy poderosas.

Los humanos no tenemos garras y nuestra fuerza mandibular es similar a la de un vegetariano y carroñero ocasional. Pero hoy el hombre no posee la fortaleza en el cuerpo, sino en las armas, con una combinación de mecanismos inhibitorios de la agresión muy debilitados, tecnología bélica al alcance de todos e insatisfacción propia de las sociedades de masas.

Ante este panorama quedan dos caminos: instruir en la sensibilización para ser solidarios ante el dolor ajeno o aumentar la vigilancia. La primera opción, la educativa, sería la ideal, pero lo “normal” es exactamente lo contrario. Matamos por placer y decimos que “cazamos” (lo hacía el joven regiomontano asesino y suicida); torturamos por placer y decimos que “toreamos”; enclaustramos por placer y decimos que es un “zoo”, regalamos a pequeños “pistolas de juguete”… la falta sensibilidad es evidente.

Esa es nuestra educación: estos, sus resultados. No queda de otra: “mochila segura” para continuar educando en la insensibilidad ante el dolor; sea un toro, un pato o un humano, el resultado final es el mismo: violencia y falta de sensibilidad.