El Desafío del Pensar

Para vivir

Hermes, el dios alado, era para los antiguos griegos el encargado de transmitir los mensajes que comunicaban a la humanidad con los dioses. Por eso él debiera ser algo así como el “santo patrono” de la comunicación y la interpretación.

Transmitir pensamientos a través de la palabra escrita es el privilegio que a partir de ahora disfrutaré cada lunes, para comenzar la semana. A diferencia de Hermes yo no puedo comunicar los designios de los dioses, pues no soy poeta. Ya Platón insistía en que aquel dios le hablaba a los poetas porque ellos eran los auténticos “hermeneutas”, los idóneos para hacer llegar un mensaje. Mi labor —la filosofía— es más humilde y no está tocada por la belleza, sino por el afán de pensar.

Pero aun si yo fuera poeta, el parlamento de las deidades es tan vasto y todos dicen cosas tan diferentes, que sería imposible escuchar sus voces. Lo que sí puedo hacer, en cambio, es transmitir lo que se gesta al interior de las murallas que he construido a mi alrededor para poder pensar; hoy comparto una breve reflexión que espero sea útil para vivir.

Si la vida consistiera tan sólo en momentos bellos, felices y placenteros, terminaríamos por no ver su belleza ni sentir su felicidad o placer. Es su penuria, su dolor y malestar, lo que nos hace ser capaces de percibir la belleza, la alegría o el placer: la intensidad radical de los instantes plenos procede de los momentos privativos, tal como sabemos, valoramos la salud gracias a las enfermedades.

De manera que, si amamos la vida, hemos de tomar el paquete completo: lo placentero y lo doloroso. Es fácil amar la vida cuando nos da lo que queremos, pero como ya lo dijo ese grupo de locos geniales, you can’t always get what you want (no siempre puedes obtener lo que quieres); es imposible tener siempre lo que se desea y gracias a ello disfrutamos los instantes en que finalmente logramos algo que hemos anhelado.

Yo disfrutaré a partir de hoy transmitir por medio de este espacio lo que pienso, vivo o siento. Quién sabe; quizás en algún momento logre provocar en alguien un pensamiento o una vivencia que le lleve a valorar el extraño privilegio de vivir. El privilegio es tal, que toda alegría de existir requiere la aceptación del dolor de la vida, la cual, literalmente, vale la pena.