El Desafío del Pensar

Un fantasma recorre el mundo...

Nacimos en un mundo viejo, anquilosado por valores establecidos que dictan instrucciones precisas: qué hacer y qué no hacer, qué decir y qué no, qué pensar y qué no. Del manual de Carreño a la Biblia, la cotidianidad y el pensamiento se han pretendido forjar como al hierro. ¿Cómo romper esa inercia que nos obliga a vivir con instrucciones? Y ¿para qué hacerlo?

Esas instrucciones de vida, que van desde usar pijama hasta no ejercer violencia contra otros seres, han sido escritas por alguien más, no por el propio individuo que las sigue y las asume como propias. Son otros, a través del tiempo, quienes las impusieron. Esas instrucciones no pueden valer por igual para toda una comunidad: cada quien arma su American quilt a su modo. De hecho, estos quilts en dicha tradición, pueden ser una metáfora de la creatividad requerida para crear las propias normas en lugar de seguir las establecidas.

Llegando a este punto aparece el fantasma del relativismo. Es extraño el miedo que se le tiene porque nunca ha habido una guerra ocasionada por el relativismo; todas ellas han sido consecuencia de los absolutismos. Relativismo quiere decir que todo cuanto conocemos es relativo a la estructura a partir de la cual la conocemos. Un ser con otra estructura diferente, conocería esa misma “cosa en sí” de manera completamente diferente.

El relativismo moral considera que desde ese conocimiento creado en nuestras muy particulares “entendederas”, hemos creado también una serie de valores que son relativos no solo a la estructura, sino al mismo individuo que los crea. Que los valores sean relativos quiere decir que tienen una relación con el individuo; por eso no pueden aplicar por igual para cualquiera de ellos.

Mientras no se dañe a nadie, he ahí el quid del asunto, cada individuo es libre autodeterminarse y de vivir en libertad: cada quien puede vivir, pensar y creer en lo que le de la gana. La mayoría de la gente cree las cosas más extrañas sin siquiera darse cuenta de ello, pero mientras no se dañe ni se pretenda imponer criterios absolutos al resto de la humanidad, cada quien es libre de autodeterminarse.

El resto, no es silencio: es fanatismo y enajenación.