El Desafío del Pensar

La envidia de... ¿los dioses?

Cuando en la antigua Grecia alguien se consideraba colmado de bienes, solía temer la envidia de los dioses. Ellos, envidiosos, podrían mandarle los peores pesares. Por eso las personas sensatas debían cuidarse de no mostrar su belleza, inteligencia, buena familia o buena suerte.

Siempre me llamó la atención esa idea, porque la envidia no corresponde a un ser satisfecho de sí mismo, como supuestamente sería un dios. Posteriormente al estudiar los textos antiguos con Eggers Lan comprendí que los dioses griegos son un dechado de vicios humanos, o como lo diría Nietzsche, el panteón griego es una justificación de todos los defectos humanos: son iracundos, celosos, libidinosos, vengativos, injustos, inseguros de sí mismos, sí: era necesario temer su envidia.

Nunca olvidaré lo que posteriormente me aconsejó al respecto la viuda de mi maestro, Eduardo Nicol. Estábamos en la biblioteca de su casa y ella me enseñaba la forma en que él leía sus libros ya publicados: no podía dejar de corregir los textos al margen, como si se tratara de pruebas que todavía pasarían por una corrección más. Hablando de su perfeccionismo, llegamos al concepto de "la envidia de los dioses" y me dijo: "Paulina, nunca olvide que la verdadera envidia, viene siempre de los mediocres. No tema la envidia de los dioses: cuídese de la envidia de los mediocres".

Sabia mujer, Alicia Nicol. Quien se siente plena, no envidia; festeja el éxito de la otra. La envidia y su crítica sin fundamento viene de la insatisfacción personal. En ese sentido la envidia es un foco rojo: cuando se siente, se puede estar alerta y escuchar las propias necesidades no atendidas para remediarlas, en lugar de envidiar a quien se cree que no tiene esas necesidades.

Se puede no tener nada, no ser nadie, y no envidiar. La envidia no se resuelve teniendo lo que otra tiene, sino encontrando lo que una quiere, y la forma de combatirla nunca es ni teniendo ni siendo más, sino viviendo en el contento de ser quien se es, como un grillo, un pez o un perro lo son.

Ya lo decía Fray Luis de León: dichoso el humilde estado del sabio que se retira... y a solas su vida pasa, ni envidiado ni envidioso.