El Desafío del Pensar

Ecoética: por no herir las piedras del camino

Irma López López —alumna de la Uiversidad Nacional Autónoma de México— presentó un trabajo de tal calidad que su profesora decidió proponerlo para su publicación. Fue así como llegó a mí la última frase de la obra Cuando sepas hallar una sonrisa, de Enrique González Martínez, aquel poeta tan valorado por Henríquez Ureña.

Al leer el poema recordé Los versos dorados, de Nerval, dedicados a Pitágoras, en los cuales el ser humano aparece como un arrogante que se considera el único ser importante en un mundo en el que la vida estalla en cada cosa.

En su texto Nerval demanda: “Respeta en cada bestia un espíritu activo, cada flor es un milagro que se abre a la Naturaleza, un misterio de amor en el metal reposa: Todo es sensible”. Para él, “a la materia misma un verbo va ligado” y exige: “¡No la hagas servir a un fin impío!”.

Esa intuición de la ecoética es diferente en González Martínez. Para él, cuando se valora la existencia en cada una de sus expresiones, se siente un amor sobrehumano: “Como el santo de Asís dirás hermano al árbol, al celaje y a la fiera”. Ese amor conduce a la identificación del yo con la totalidad: “Serás todo pavor con el abismo y serás todo orgullo con la cumbre”.

A diferencia de Nerval, para el poeta mexicano no hace falta demandar una conducta ética al ser humano que ha alcanzado el amor infinito. Es el amor lo que actúa y conduce a bendecir la vida en el vuelo del insecto o el garfio del espino, por eso en lugar de demandar respeto, González Martínez asegura: “Y quitarás piadoso tus sandalias por no herir las piedras del camino”.

González Martínez radicaliza el respeto a la vida al proponer el respeto a la totalidad de lo existente: propone, sin saberlo, una ecoética: una forma ética de relacionarnos con el mundo. Porque es la tierra, el aire, los ríos y los mares quienes sostienen la vida en este mundo. Y también lo son las piedras del camino; sin respeto a esos elementos la vida en el planeta no será sostenible.