El Desafío del Pensar

Doña Tere, Wallmart y Trump

“Superé el cáncer: lo que me acabó fue el Wallmart”. Con su paliacate amarrado en la cabeza para ocultar la falta de cabello, en el mercado de mi barrio Doña Tere me explicó porqué después de haber tenido el mejor puesto, ahora si acaso vendía algo de fruta de la estación: “Wallmart me derrotó: la gente va a esos supers por comodidad. No van por un mejor precio ni por buena fruta. Les venden porquerías llenas de químicos que no tienen el sabor de nuestra fruta, señito… Pero aún así, prefieren ir al Wallmart”.

Estos funestos días de Trump he recordado mucho a Doña Tere. Todos solemos comprar en supers productos extranjeros; las prisas de esta ciudad muchas veces no nos dejan tiempo para acudir a los coloridos mercados mexicanos, tan visitados por los turistas, donde la calidad es mejor y los precios no varían mucho.

¿Porqué dejar de comprar productos estadunidenses y comprar mexicanos? Al menos por dos razones: para apoyar la economía de nuestra gente y para que la iniciativa privada del vecino del norte, al ver caer sus ventas, presione a su presidente.

Ya no hay ilusiones que valgan: enfrentemos la realidad. Algunos creyeron —igual que otros lo supusieron con Hitler— que el discurso del candidato Trump sería diferente al del presidente. Se equivocaron. No solo su discurso no cambió, lo primero que ha hecho es intentar cumplir las promesas contra México, como si fuera lo más importante en la agenda de Estados Unidos: su odio por el país es real.

Lo poco que podemos hacer como ciudadanos es comprar lo nuestro, que es de muy buena calidad: nada como la fruta mexicana, nada como sus verduras, sus quesos; tenemos la belleza de los tejidos y bordados de las pequeñas industrias locales y disfrutamos del mejor café, chocolate, de una gran floricultura y muchas cosas más. Y tenemos agua: unidos podríamos hacerle frente a este absurdo odio racial que se ha apoderado de EU.

No alimentemos a quien nos quiere muertos: alimentemos a nuestra gente, a nuestro país. Consumamos productos mexicanos, o al menos no consumamos productos de nuestro vecino del norte: ese sería un mensaje que su economía sabría entender.