El Desafío del Pensar

¿Se puede ser feliz?

Al poeta y al sabio —pensaba Emerson— le son provechosas todas las experiencias: aun las más desagradables. No se trata tanto de lo que la vida nos da, como de lo que hacemos ello. Con una buena mano de baraja podemos ganar o perder la partida, y con una muy mala mano, el jugador excelso gana.

Corroboré lo anterior cuando, deslumbrada por la magia de San Cristóbal de las Casas, perdí mi laptop en el mercado. En vano la busqué con ayuda del líder y un grupo de niños curiosos; también en vano puse un anuncio en la radio local ofreciendo recompensa. Alrededor de las seis de la tarde se me quebró la voz y le dije al líder: “Toda mi vida está en esa laptop”. Una mujer, seguramente académica como yo, al escucharlo dijo: “¡Qué horror!”, y se fue como si hubiera visto al mismísimo diablo.

Estaba a punto de llorar cuando otra mujer muy diferente, con la vestimenta clásica de los chamulas, se acercó y me dijo: “Tu vida está aquí —y golpeó mi pecho— y tus ideas están ahí”, dijo mientras señalaba a mi cabeza y prosiguió: “No repitas esas cosas porque te vas a morir de susto”. Se fue como vino y yo me quedé sentada en la banqueta pensando que tenía razón, pero… ¿y mis archivos sin respaldar?

Ya casi de noche, un grupo de niños chamulas pasó empujando las pequeñas sillas del mercado; las habían colocado con el respaldo hacia el suelo y entre carcajadas jugaban carreritas. Les seguían sus madres, descalzas y rientes. Ellos, todos mocos, jiotes y ropa roída, eran la personificación de la felicidad. ¡Y yo llorándole a los escritos sobre mi padre, cuando no tengo esos escritos; lo tengo a él!

En verdad somos estúpidos los seres humanos; tuve una tarde maravillosa en la que hombres, mujeres y niños se involucraron en mis necesidades de mil maneras diferentes. Comprendí entonces que la felicidad no está en lo que nos ocurre, sino en lo que hacemos con lo que nos sucede.

Emerson tenía razón y me falta mucho para ser una mujer sabia, pero al menos comienzo a darme cuenta de ello. La felicidad no es como un lugar al que se llega; más bien, se parece a una manera de ir por la vida, es una cierta forma de vivir lo que se experimenta, y esa forma tiene que ver con disfrutar el camino, dejar ir lo que se va y aprender a reír.