Nada Personal

El gobierno reformador

El éxito o fracaso de las recientes reformas estructurales, principalmente la energética, se verá en los bolsillos de los mexicanos.

Lo promulgado ayer por el presidente Enrique Peña Nieto tiene por supuesto un importante valor histórico.

Las reformas aprobadas en el Congreso de la Unión son relevantes como ocurrió en el gobierno de Carlos Salinas con el tratado comercial trilateral, las reformas al Artículo 27 y la reanudación de las relaciones con el Estado Vaticano.

El PRI de hoy no es el nacionalista de la posrevolución, el PAN es congruente con su origen y la izquierda refrendó su rotundo fracaso.

Entretenidos en “derrotar” a gobernadores –porque son los idiotas útiles– el remedo de la izquierda ni fue convincente en la defensa de los “bienes de la nación” ni ofrecieron una modernización del sector energético.

Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, le preocupaba más obtener su registro como partido político para obtener recursos financieros para su proyecto personal, que atender un tema estratégico.

El gobierno federal está a prueba con la aprobación de las recientes reformas porque los resultados a favor del desarrollo del país deben ser tangibles, frente a la voracidad de las transnacionales cazadoras de recursos naturales.

Con la entrada en vigor del acuerdo de libre comercio con Canadá y Estados Unidos, el gobierno en turno presumió que el país se encontraba preparado para competir con los grandes y México entraría al primer mundo, el saldo es trágico para importantes sectores de la economía.

Los beneficios de la reforma energética no necesariamente se limitarían a las tarifas del consumo de electricidad y en los precios del gas doméstico e industrial, como lo promueve la publicidad oficial, deberán reflejarse en los indicadores del crecimiento económico.

Las reformas estructurales merecen por lo menos el beneficio de la duda.   

pablo.ruiz@milenio.com