Nada Personal

“Doblan las campanas, un, dos, tres”…

Nunca supe más de “Samuel”, en sus ojos verdes se podían leer las últimas noticias de la guerra civil en El Salvador. Era el principio de la década de los ochenta.

Lo conocí en uno de los templos católicos de la ciudad donde se exhibían películas en formato 16 milímetros sobre las atrocidades de los escuadrones de la muerte y el ejército de aquella nación Centroamericana.

Samuel era un activista cristiano, cercano a las causas de la Teología de la Liberación Nacional. Él se hallaba en San Salvador aquel 24 de marzo de 1980 cuando un francotirador asesinó al obispo Óscar Arnulfo Romero.

Le siguió posteriormente un tiroteo de las fuerzas castrenses a grupos civiles que se protegieron en la catedral de la capital de aquel país.

Era en la ciudad de Puebla la época del párroco de El Parral, el cura de la Iglesia de los pobres, el padre Enrique, exiliado por Rosendo Huesca y Pacheco en otras diócesis. La última vez que saludé al padre Enrique fue en Monterrey, Nuevo León, en el templo de la colonia El Vidrio.

Era en ese inicio de década de los ochenta el periódico mural “Roque”, en memoria del poeta Roque Dalton, eliminado por las intrigas de las fuerzas insurgentes de aquel país.

“¡Paren el genocidio!”, recuerdo la frase atribuida a Óscar Arnulfo Romero, después vino el acto que estremeció al mundo católico: el asesinato. El Vaticano con Juan Pablo II y el resto de la jerarquía no sólo calló, sino que arrasó con la llamada Iglesia de los pobres.

Debieron pasar 35 años de aquel triste episodio para que Óscar Arnulfo sea beatificado;  el cantante Rubén Blades ya lo había consagrado con el tema: el “Padre Antonio y el Monaguillo Andrés”.

En el cónclave  de los cardenales para elegir al sucesor de Benedicto XVI empezó la reivindicación de la iglesia de los pobres al designar al Papa Francisco, como una respuesta  a la crisis del modelo económico mundial que ha producido más pobres, y en un continente con grandes rezagos.

El “Pulgarcito de América” ya tiene un beato:  Monseñor Óscar Arnulfo Romero, el de los pobres. “Doblan las campanas, un, dos, tres”…

pablo.ruiz@milenio.com