Reporte de inteligencia

De pronto vemos a los guaruras en los restaurantes

Un guarura se me quedó viendo feo. No tenía la apariencia de un guardaespaldas profesional de esos que cuidan a los políticos o a los empresarios y que usan un chaleco que los distingue. Ni al caso. Era un guarura rural, casi de la sierra, con una mariconera cruzada en el hombro (me imagino qué llevaba dentro), y con una mirada fuerte y penetrante. Tenía cara de malo.

-Buenos tardes –dije, con cierta precaución.

-Buenos tardes –contestó el guarura, entre dientes.

La escena ocurrió en el restaurante California de Centro Max.

Eso fue la semana pasada.

En realidad eran dos guaruras.

Dos muchachos como de 25 o 28 años, en actitud de alerta. Ellos estaban parados a un lado de la mesa de sus patrones. Uno en la esquina de la mesa y el otro en la otra esquina. Siempre parados. Con los pies medio abiertos, como si temieran algo.

Nunca había visto una escena así en León.

-¿Nos vamos de aquí? –me dijo en voz baja, el amigo que me acompañaba esta tarde.

Yo le pedí que nos quedáramos ahí. Para observarlos.

Los patrones eran cuatro hombres y una mujer.

Los comensales no eran de por aquí. Si mal no recuerdo, dos de ellos traían sombrero. Era gente como de la sierra y hablaban con un acento algo costeño. Uno de ellos me hizo recordar a El Tío, ese narcotraficante que fue capturado en Morelia hace unos días. Pero tenían un semblante de gente amable. Ellos estaban en lo suyo. Como que estaban arreglando un negocio y discutían de manera cordial. Y entonces me di cuenta que los guaruras cuidaban a uno de ellos: era un hombre alto, de barba, medio robusto, como de 55 años. Era el hombre importante de la mesa. Los demás lo escuchaban y esperaban sus comentarios. Y de hecho la reunión terminó cuando él se puso de pie.

Las cinco personas se despidieron y se fueron, saludándonos mediante una leve sonrisa. Los guaruras se fueron detrás, con la mano en la mariconera, sin distraerse un instante. Se subieron a sus vehículos y se fueron. Por curiosidad, nos asomamos a ver las placas de las camionetas: Michoacán. Nunca supimos en realidad qué fue lo que vimos. Pero esas escenas no se veían en León. Ni los grandes empresarios y zapateros traen esos guardaespaldas tan ostentosos. Aquí estamos viviendo tranquilos, pero tal vez algo está ocurriendo y todavía no lo sabemos.

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