Reporte de inteligencia

El oficio más desprestigiado del mundo

Siempre han tenido mala fama, pero ahora están descarados. Ya ni sudan, ni se abochornan cuando los descubren en una transa (ya hasta saben qué responder). Los políticos de México están metidos en una dinámica de corrupción y enriquecimiento desmedido, aprovechándose de sus cargos públicos. Viven embarrados en el cochinero.

Es tal vez la profesión más desprestigiada del momento, sólo detrás de los rateros y los narcos. Aunque los ladrones al menos son congruentes y no pretenden andar por la vida haciéndose pasar por honestos.

Los políticos, en cambio, viven de la mentira.

Todos quieren cambiar a México, pero cuando les llega la hora de gobernar, se dedican a aprovecharse de su cargo y a hacerse ricos.

El que no agarra moche, le asigna obra pública a su cuñada.

El que no cobra por una concesión, pide el diezmo.

Son tantos los escándalos que ya hasta se nos confunden.

Un alcalde de San Blas, Nayarit, por ejemplo, dijo que sí robo, pero robó poquito. Un funcionario panista de la alcaldía de El Marqués, Querétaro, fue exhibido hace días cuando recibía 40 mil pesos en efectivo por la asignación de dos contratos (el video está en Youtube). Y luego el delegado de Iztapalapa, Jesús Valencia, del PRD, chocó en una camioneta propiedad de una constructora que hacía obra en la delegación.

Son los auténticos mil transas.

Hace unos años, la nota fuerte fue la de Jonás Larrazábal (hermano del ex alcalde de Monterrey, Fernando Larrazábal), quien fue grabado mientras recibía dinero de los casinos (dijo que era por la venta de quesos). O la ex secretaria de Finanzas de Michoacán que administraba un estacionamiento y no reportaba los ingresos a las arcas públicas. O la regidora de Guadalajara, Elisa Ayón, quien les dijo a sus colaboradores que sí podían agarrar dinero pero siempre y cuando “repartan, culeros”.

Hay jugadas clásicas de los gobiernos.

Por ejemplo, una clásica es inflar los costos de las compras. O comprar artículos que no hacen falta. O asignar la obra pública a los amigos y compadres. O crear empresas fantasmas para ganar los concursos. O cobrar el diezmo a los constructores. O asignar por dedazo las obras públicas a los socios y parientes. O darle chamba a los parientes con sueldos altos. O darle chamba a los militantes de su partido para amarrar los votos. O mandar construir una carretera que beneficia a la familia. O darle un permiso de alcoholes a un primo o un taxi a un pariente. O todo lo anterior junto.

Hay varios casos históricos de corrupción en México.

Por ejemplo, uno de los más divertidos fue el video del perredista, René Bejarano, agarrando los billetes de Carlos Ahumada. O el video del Niño Verde, Jorge Emilio González, aceptando una oferta de un millón de dólares por un permiso para construir hoteles en Cancún. O aquella foto de Raúl Salinas, con una mujer en las piernas, a bordo de un yate.

Raterías y corruptelas de colección.

Ni cómo ayudarles para que puedan dignificar el oficio.

Están quemados y desprestigiados al extremo.

No parecen tener remedio. Lo único que les queda es tratar de aparentar que ahora sí son buenos y que han cambiado para ser honestos. Por cierto, este año es bueno para ellos. Es año electoral. El último año de los gobiernos municipales y el último año de las diputaciones. No por nada, en broma, ellos mismos lo llaman: El Año de Hidalgo.

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pablo.carrillo@milenio.com