Reporte de inteligencia

El mundo no es como las tarjetas de Navidad

Paz. Armonía. Dicha. Felicidad.

Esos son los conceptos fundamentales que adornan las tarjetas de Navidad.

Amor. Generosidad. Fraternidad. Solidaridad. Respeto.

Son los valores que estructuran los mensajes navideños en el mundo, plasmados en tarjetas de papel, en correos electrónicos o en los brindis entre amigos y parientes.

Los conceptos y valores los repetimos todos los días, acompañados de abrazos y regalos.Son tiempos para compartir, para dar y para expresar el amor a los demás, eso es lo que nos dicen.

Pero en realidad todo queda en el plano conceptual. Lo cierto es que el sentido humano y espiritual de la Navidad cada vez se vive con menos intensidad. Los seres humanos predicamos sobre las conductas ejemplares, pero no las llevamos a cabo. Los valores están torcidos. Los conceptos han sido desvirtuados.

La misma noche de Navidad, en León, un hombre mató a su esposa. Otro hombre mató a un vecino en un pleito callejero. Y hubo decenas de golpeados y picados en las calles.

Todo el año ha estado marcado por la violencia y la muerte, y nunca he escuchado a nadie que haya deseado eso en un brindis o en una tarjeta.

Es decir que los valores que en realidad practicamos son los de la envidia, el rencor, la avaricia y la humillación de los otros.

La sociedad vive una especie de cruda en los valores. Estamos sufriendo la cruda después de la gran fiesta que traemos en los últimos años.

No es cuestión de religiones, ni de ideologías. Se trata de recuperar la esencia de las personas –así como lo dicen las tarjetas navideñas más ridículas que ya casi nadie envía a casa- y rescatar los valores que justo nos hacen seres humanos.

Amor en lugar de odio.

Armonía y no disturbios.

Paz y no pleito.

Vida en lugar de muerte.

Una tarjeta real de Navidad real tendría que decir: Que el odio y el rencor llegue a nuestros corazones y que el país se manche de sangre una vez más.

Nunca nadie se atrevería a desear algo tan horrendo como eso en una tarjeta de Navidad. ¿Y entonces por qué el mundo está como está?  

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pablo.carrillo@milenio.com